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“Fui a internarme varias veces, pero me daban tratamientos para cocainómanos y, si hablamos de drogas, yo soy adicto a la más grandota. O sea, al crack, a la pasta base. Y la verdad es que me da bronca porque soy independiente de todo, hasta de mis propias ideas. Y me duele mucho ser dependiente de las drogas. Para mí es algo… es un dedo en el orto y lo digo con toda vergüenza”, dijo alguna vez a la revista Rolling Stone. En la misma publicación dio uno de sus últimos reportajes, antes de que su disco “The End”, saliera a la venta.
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En aquel momento, Pity estaba en una quinta, en completa soledad. Armado, con miedo. Pero no miedo por la muerte, con miedo a los fantasmas que merodean en su cabeza. Ruidos extraños, que intentó plasmar –y lo logró- en su último disco. Ni siquiera tenía ganas de dormir. "Quisiera ser el primer ser humano que se saque los párpados. Perder un tercio de la vida durmiendo me parece un montón loco", dijo y agregó: "Que venga el Apocalipsis o quiero vida eterna".
Ingeniero electromecánico y a unas materias de ser profesor de inglés. Un hombre capaz de recluirse en sí mismo y analizarse. "Yo mis mejores canciones las hice corriendo. Debe ser que se me oxigena más el cerebro. Esa es mi fórmula", dijo mientras se acomodaba las lapiceras que en un momento llevó colgando del cuello, para escribir sus memorias que jamás publicará.
Cristian Álvarez está internado y sus fanáticos comienzan a entender que el regreso de Viejas Locas es un sueño que se torna utópico. El hombre que le canta a la vida, al sol, a los amigos y a su amor en Tilcara; pero que también habla de kiosqueros asaltados, de pilas y de electrones con la misma facilidad. El músico que lleva impregnada la vida del rockero típico que sucumbe ante las tentaciones de una vida plagada de vicios. Aunque –como reza su segundo disco con Intoxicados- “No es sólo rock and roll”, lo que tiene Pity.
Fotos: Revista Rolling Stone