Era media tarde y tocaba ir al médico. Papá ya tenía cargada la silla de ruedas y el andador de su hija de 10 años mientras que su mamá terminaba de preparar la ropa junto a la tía. La niña, por su parte, estaba en el asiento de acompañante.
De un momento a otro, apareció un Toyota Corolla gris de contramano que frenó en seco casi a la par de la camioneta de la familia.
Cuatro encapuchados con pistolas bajaron y se le fueron encima al papá en busca de la llave. La mamá corrió desesperada hasta la reja de la casa hasta que, con instinto materno, comenzó a gritar por la nena. Uno de los delincuentes se dio cuenta de la situación y dio aviso a los otros.
Los asaltantes le ordenaron que baje las cosas de la caja y que después se haga cargo de la menor que lloraba desconsolada sin entender qué pasaba pero con la sensación de que podría ocurrir lo peor.
La madre y la tía le pedían por favor que la entre rápido mientras los delincuentes le seguían pidiendo la llave. “Está puesta”, le dijo resignado.
Segundos después, se fugaron. La tía llamó a la policía mientras juntaba el andador y una manta que habían quedado en el medio de la calle. La nena, en shock, lanzó gritos desoladores que alertaron a todo el barrio.
Además de la camioneta, los encapuchados también se llevaron las billeteras de la familia y usaron las tarjetas para consumir en un local de comida rápida cercano al lugar del asalto.