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Lucho Repetto: "El tango me tiene podrido"

El pianista de Chilavert admira a Goyeneche y carga contra Pugliese y Piazzolla. "Discépolo era un enfermo mental", dispara.
Viernes, 11 de diciembre de 2009 a las 17:51

Escuchá "Taconeando", por el maestro Lucho Repetto

 

Pícaro, malhablado y simpaticón. Así puede definirse a Lucho Repetto con tan sólo unos minutos de charla. Un músico sanmartinense de enorme trayectoria, que recorrió el mundo, los canales de televisión y los programas de radio con su talento. Y también con el de su grupo UB Tango, llamado así porque se creó en la Universidad de Belgrano, donde Lucho, “El Boga”, estudió y se recibió de abogado. 

Principalmente pianista, pero también trompetista y arreglador, pasó por el jazz y la bossa nova antes de incursionar en el tango. La formación que adquirió de estos géneros le sirvió para incorporar aires nuevos a su repertorio de música ciudadana. De hecho, la formación de su grupo cuenta con el clásico bandoneón, la guitarra y el piano, combinados con los no tan clásicos sonidos del saxo y la percusión.

“Tuve mucha suerte”, cuenta Lucho sobre su carrera. “Debuté con la música a los 12 años y a los 14 toqué por primera vez en el Complejo Plaza de San Martín. Así me contacté con un guitarrista inglés y empecé haciendo jazz con él”, recuerda.

De ahí, al éxito: fue director musical de Argentinísima, hizo temas para los radioteatros y teleteatros de Alberto Migré, y trabajó con Virginia Luque, Adriana Varela, Beba Bidart, Edmundo Rivero… la lista es interminable. Pero un nombre se destaca por sobre todos los demás: Roberto Goyeneche.

Con sus jóvenes 70 años, Lucho – que hoy vive en la localidad de Chilavert – se presenta todos los sábados con su repertorio y su banda en Alma de Tango (Marcelo T. de Alvear 977). 

¿Lo de la abogacía fue antes o después de la música?
De joven estaba estudiando medicina y trabajaba como trompetista en Canal 11. Hasta que me echaron y tuve que salir a laburar de camionero en la ruta, porque a mi mujer se le ocurrió la loca idea de que quería comer. Cuando quise reiniciar la carrera, no pude, porque había perdido la regularidad. Después, cuando me recibí de abogado, quise largar la música. Pero pasaron sólo dos meses y conocí a Oscar Alonso, y me pidió que tocara para él. Parece que era mi destino.

¿Por qué lugares del mundo lo llevó el tango?
Quisiera que me pagaran la jubilación por kilómetro recorrido, sería millonario. Es más fácil decir dónde no estuve: ni en Japón ni en China. Lo de que en Japón adoran a los tangueros es un verso grande como una casa. Allá conocen el tango porque durante la guerra era lo único que escuchaban, pero nada más.

¿Cómo fue trabajar con Goyeneche?
Una maravilla. Nos presentó con la banda el maestro Julio Dávila, y el Polaco preguntó: “¿la UB qué?”. No tenía idea de quiénes éramos. Pero apenas tocamos unos temas con él, le encantó lo que hacíamos y nos quedamos con él un largo tiempo.


¿Usted cree que el tango puede ser divertido?
Quiero aclarar que no soy un tanguero de ley, porque el tango es súper machista y conservador. Hace un tiempo hice el espectáculo “Tango, me tenés podrido”, en el que analizaba las letras de los temas y me reía de lo que decían. Por ejemplo, Discepolín era un infeliz, un enfermo mental. Era tan cornudo, que para acostarse con Tania, tenía que disfrazarse de vecino. Pero estaba tan agarrado de la bombacha de la esposa, que se la pasaba llorando en sus letras.
A mí eso no me representa, hay que tener un poco de dignidad. Tampoco estoy de acuerdo con llorar la pobreza. En mis versiones, yo me divierto, no lloro. Admiro a artistas como Héctor Negro, Juan Carlos Tavera o Roberto Peláez, que para mí hacen honor al tango.

¿Y por qué cree que en su momento triunfaron los que cantaban así?
El éxito no se discute, pero éste es un país de sordos. Pugliese, por ejemplo, fue un pianista de cuarta. Los grandes músicos y cantantes siempre se tienen que ir del país, porque acá el artista que más vendió fue Palito Ortega. Esa es la desgracia de los músicos en Argentina. Las compañías discográficas no son empresas de cultura, buscan vender. Ahora privilegian el físico de una mujer a su voz: una gordita no puede cantar en ningún lado. Esto se ve también el programa de Silvio Soldán: los que cantan bien, casi no tienen espacio, pero sí los que pagan para estar ahí y cantan muy mal.

¿Piazzolla no empezó con esa “revolución” en el tango que usted busca?
Piazzolla tenía una personalidad insoportable, aunque era talentosísimo. Y muy buen ladrón, igual que Mariano Mores, que robaba de la música clásica. El gordo Valor es un poroto al lado de Piazzola: Libertango está sacado de la bossa nova. Además, le decían sopa de ajo, porque se repite. La armonización que hacía era maravillosa, pero en muchos temas era muy similar. Igual, su talento no se discute.

Si cambiaran las cosas, ¿la juventud se interesaría más por el tango?
En realidad, a la juventud que hace tango, no le gusta por lo lindo que es, sino que lo buscan como salida laboral. La mayoría lo hace porque así recorren el mundo y ganan mucha plata. A mí, por suerte, los pendejos me dan bola. No hay que menospreciarlos, hay varios que tienen mucho talento, como el badoneonista Luciano Sciarreta. Aunque, si a los 16 años no estás listo para tocar en serio, no agarrás más el tren.

 

 

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