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El Ángel salió a comprar cigarrillos y desapareció

Estaba en una comunidad de sistema "abierto". Qué hay detrás de la historia del menor que estuvo detenido 60 veces. Los casos parecidos.
Martes, 10 de noviembre de 2009 a las 10:32

Dijo que iba a comprar cigarrillos y no volvió más. Los responsables del centro donde había sido derivado hicieron la denuncia en la comisaría primera de Florencio Varela. El chico que había llegado por orden judicial, ya no estaba. Se había esfumado. Literalmente, no se trató de una fuga porque “El Ángel” no había sido remitido a un instituto de menores de régimen cerrado, sino a una comunidad terapéutica abierta de Florencio Varela donde tratan menores en riesgo con adicciones.

“Abierta”, quiere decir que nadie ni nada lo obligarse a quedarse. En las ventanas no hay barrotes ni en la puerta, guardias. Por eso, simplemente, fue suficiente con decir que iba a comprar cigarrillos para desaparecer sin dejar rastro.

Así de fácil se escapó de la “vigilancia” judicial, pero no le duró mucho: “el Peladito” volvió a caer.

 Tiene 13 años, es drogadicto y delincuente. Arrojó nafta y prendió fuego a un vecino de su misma edad y disparó varias veces su arma averiada cuando intentaba escapar de la policía. Lo hizo una vez y lo volverá a hacer.

Al Ángel le gusta “jalar” combustible, pegamento o lo que tenga a mano. Roba y, tal vez, sería capaz de matar. El niño ganó ese apodo que lo distingue del resto por sus ojos celestes, pero no es uno en un millón, sino que “Leito” es uno más. En los centros terapéuticos hay muchos como él, algunos con causas penales, otros que no han sido alcanzados por el brazo de la ley (pero sí del narcotráfico, de los abusadores y de los maleantes, pero sobre todo, de la desidia) e, incluso, algunos precoces asesinos. Tienen 14, 13 y hasta 7años. Cuando un juez los deriva a estos centros, tienen la libertad de irse, pero no de vivir. Cuando llegan a comprender esto, no se escapan, se quedan.

El 22 de octubre, como era su costumbre, el Ángel se había apostado a aspirar nafta en una esquina del barrio. Frente a él, Alan fumaba porro con sus amigos. Se acercó, le arrojó el combustible y lo prendió fuego. Así de simple. La mamá del menor agredido hizo lo que toda madre: defender a su hijo. Llamó a los medios e hizo conocer el prontuario del adolescente de ojos celestes: 60 entradas a la comisaría y ningún escarmiento. “Me da miedo que ande por el barrio como si nada”, dijo Giselle Landaburo a 24CON.

La mujer también mencionó que la Justicia no había actuado por la agresión sufrida por Alan.

El Ángel no fue detenido en esa oportunidad, sino el viernes pasado luego de haber robado una moto. “Yo soy el Ángel”, le dijo a su víctima con el pecho inflado y un revólver en la mano. “Leito” ve televisión y sabe que Buenos Aires habla de él, eso lo llenó de orgullo.

Montado en el vehículo intentó perder a la policía, no lo logró y se lastimó intentando saltar el muro del cementerio. Fue trasladado al Gutiérrez y, luego, derivado al Hospital del Niño, donde permaneció alojado en una sala pegada a la de Alan, que se recupera de cuatro intervenciones para injertarle piel en el tórax, el brazo izquierdo y la entrepierna. Lo peor ya pasó, (el dolor, la fiebre y la humillación) el fin de semana, será dado de alta, pero deberá llevar una malla de nylon en pleno verano.

Pese al terrible ataque que sufrió su hijo, Gisselle dice: “Alguien tiene que ayudar a ese chico. No tiene contención, hasta la madre quiere dejarlo encerrado, nadie lo ayuda y está perdido por la droga. La madre labura por 4 pesos la hora, ¿cómo no va  atener hijos delincuentes si no puede darles de comer? Todos señalan y nadie hace nada“, reflexiona antes de visitar a Alan que la espera internado.

Este sábado, el adolescennte se escurrió de, quizás, su última oportunidad de cambio sin rejas. Y, que quede claro, el Ángel no nació demonio, se hizo.


Los otros "ángeles"

En Lomas de Zamora funciona una comunidad terapéutica de características similares a la de Florencio Varela. “El Palomar” también recibe menores en situación de riesgo: adictos, abusados, desnutridos y maltratados. De la calle o con familias disfuncionales. 

“Tenemos chicos con causas penales graves por robo u homicidio. Los envía el juez y, si ellos quieren, se quedan y lo hacen porque se van adaptando. Son chicos que han sido desgastados por la vida, que no tienen referentes, o sus referentes son delincuentes que los usan para robar. Si tienen padres, son desocupados y, en algunos casos, abusan de ellos. Por ejemplo, hace poco vinieron dos nenas que estaban siendo abusadas por el padre que todavía vive en su casa. Es decir, ellas vuelven a su hogar y vuelven con el abusador. En otros casos, los devuelven a sus familias que, por ahí, no los quieren. Los chicos son producto de esta sociedad, no podemos encerrarlos y hacer como que no existen porque esto va a seguir pasando hasta que no apliquen políticas de fondo. Bajando la ley de imputabilidad no van a lograr nada”, dijo la directora del Palomar, Gladys Madeddu, a 24CON. 

Con 20 años de experiencia, Madeddu afirma que “nunca vi cosas del tenor de las que están pasando. Recibimos a un chico de 10 años que había sido “levantado” de las vías, tenía desnutrición de tercer grado, millones de piojos -que le habían dejado la cabeza toda lastimada- y tenía sarna. Son pibes que están totalmente devastados, tienen 11 años y saben manejar porque se dedican a robar autos. Los grandes les enseñan a robar porque saben que son inimputables, por eso, cuando salen a robar les dan las herramientas o las armas a ellos. Los pibes más chicos son como las mascotitas de las bandas y hay madres que rezan para que les vaya bien cuando salen a robar. Son hijos y nietos de adictos. Ese es el medio en el que crecen”, puntualizó la especialista. “Tenemos a un chico de 13 años que llegó todo cortado porque rompía las vidrieras y, para poder pasar, se lastimaba con los vidrios”.

En ese sentido, señaló: “Cuando vienen, nosotros les tenemos que explicar que eso no está bien, que esas personas no lo hacen porque los quieren, sino que los exponen. Y, es muy difícil porque, por ahí, esos delincuentes son los únicos que le dan un plato de comida. La realidad es que estos chicos reproducen lo que está pasando en la sociedad y tenemos que dejar de mirar para otro lado de una vez. ¿Qué poder de elección tienen un nene de 7 años que jala pegamento en la calle? No encuentran contención en ningún lado y hay que ponerse en el lugar de un chico que pasa hambre y no tiene una cama seca para dormir. Cuando los traen, hay chicos que caminan por las paredes por la abstinencia que padecen porque, no hay ningún lugar para desintoxicarlos. No aguantan sin el pegamento y se van”. 

“Tenemos chicos –continuó- que han salido en los medios por delitos que han cometido y ahora los ves están bien. Lo peor es la culpa con la que cargan cuando se curan. Llevan tanto peso en sus espaldas, por robar y hasta matar, y no lo soportan. En general, son adictos y algunos tienen secuelas psiquiátricas y/o neurológicas graves (el 20 por ciento de los niños alojados en el Palomar están medicados), pero no dejan de ser niños: lloran cuando los retas, juegan debajo de la mesa y andan en triciclo con un cigarrillo en la boca. Nuestra experiencia es que con amor, terapia y cuidado salen adelante, pero es terrible lo que está pasando con estos nenes, no hay conciencia de la importancia de la niñez”.

“Muchos dicen que la solución es encerrarlos, pero en los institutos, que son cárceles de niños, aprenden las peores cosas, a ser más delincuentes”. En cambio, “acá les ponemos límites: se levantan a las 7.30 de la mañana, se hacen la cama y no está permitido hablar de la delincuencia y la falopa”, finalizó Madeddu.

10 de noviembre de 2009. 

Recapturaron a El Ángel, el menor de los 60 delitos

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