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"Se dice que pagaron 30 mil pesos para matar a mi hijo"

Isabel Vázquez cuenta cómo asesinaron a su hijo, conocido como "Emo". Asegura que le metieron cinco tiros porque había vencido el Paco y no dejaba que creciera el negocio. "En el barrio todos sabemos quién fue", afirma a 24CON.
Lunes, 23 de marzo de 2009 a las 12:10

En la noche del 24 de febrero pasado, los vecinos del barrio La Madrid del partido de Lomas de Zamora, no podían creer el rumor que corría por el vecindario. La noticia se divulgó enseguida, de casa en casa y de esquina en esquina: Emanuel, “el Emo”, había sido asesinado a tiros. 
 
Los cinco impactos de bala que recibió en el cuerpo produjeron un charco de sangre en la vereda donde cayó desplomado, y así se fueron sus 29 años de vida. El crimen, al parecer, estaba organizado. Lo llamaron, se acercó, y sin defensa alguna, recibió la muerte. Fue en su propio barrio, a sólo metros de la casa y del comedor comunitario que mantiene su madre, Isabel Vázquez, una de las fundadoras de Madres contra el Paco y por la Vida. 
 
Las dudas comenzaron a despejarse con el correr de las horas: El crimen habría sido un ajuste de cuentas. Porque Emanuel, ex adicto a las drogas y recuperado, había logrado erradicar varios puntos de venta de paco en la zona. 
 

Así lo confirma a 24CON Isabel: “Creo que lo mataron porque estaba empezando a molestar. Siempre que pasaba algo en el barrio estaba él. A estos tipos no les empezó a gustar la organización de los pibes. Imaginate que cien chicos no consuman más Paco, equivale a 200 dosis diarias de 5 a 7 pesos por cada pibe. Habíamos armado ‘preventores’, que alertaban a los demás de que no consuman. Ellos se avisaban unos con otros”.
El dolor y el sufrimiento todavía se dejan entrever en los ojos bien redondos y marrones de Isabel. Es miércoles al mediodía, en el comedor corren chicos por todas partes, van y vienen, y juegan con lo que tienen.

Una de sus manos sostiene un mate semi dulce mientras la otra presiona fuerte un par de fotos que estampan la memoria de su hijo. Recuerda sus peleas “mano a mano”, su ingreso a la cárcel por robo y por qué ella se resistía a visitarlo. Comenta con orgullo cómo ocuparon el predio de La Salada para instalar el estacionamiento, cómo lo limpió y qué significaba la presencia de Emanuel para los pibes de la zona. Isabel habla y no se quiebra ni una vez. Dice que no tiene miedo ni odio, pero sí bronca. Mucha bronca.
 
“En el barrio todos sabemos quién lo mató, se dice que le pagaron alrededor de 30 mil pesos para matarlo. El tipo este antes no tenía nada y ahora anda con un auto. Además le iban a hacer un allanamiento y él estaba avisado. Tiene muchísimas causas, mató y lastimó a chicos. Dicen que siempre tira (tiros) en la rodilla, ahora hay un pibe que está internado recuperándose porque había ido a bailar y se cruzó con él. Le pegó también en la rodilla”, confiesa firme Isabel.
 
El barrio sin “El Emo”
 
A menos de un mes de la muerte de Emanuel, La Madrid se puso más peligrosa. Una banda de alrededor de 15 chicos comenzó a robar nuevamente. Están guiados por mayores, que “son los que también venden. Acá a la noche se juntan a drogarse y después salen. Ahora tienen zona libre, antes ni hijo iba con la camioneta y controlaba las calles”, dice Vázquez.


 

 Y así, como si fuera un héroe de historieta, mezcla de Robin Hood, el nombre de El Emo hace eco en los suburbios de La Salada, y se multiplica en boca de los chicos que lo conocían. “Él me dio trabajo y casa acá”, dice a 24CON un pibe salteño, mientras cuida autos en el estacionamiento de las Madres, que funciona en una de las entradas traseras de la populosa feria. “Siempre tenemos algo para hacer acá”, comenta otro de nacionalidad peruana, conocido como “Pe”, quien tampoco puede evitar hablar de Emanuel. 


 

Donde comen 2 comen 600
 
A mediados de los ‘90s, el ahora comedor Manos Solidarias funcionó como un centro de apoyo escolar. Siempre atendido por sus creadoras, Isabel Vázquez y Alicia Romero. “Queríamos que ellos tengan un espacio para hacer la tarea, porque muchos viven en asentamientos y no tienen lugar. Es el tema de volver, que a veces eso cuesta. Si uno tiene conocimiento para uno y no lo sabe compartir no sirve. Esto nos daba lugar también para hablar de qué derechos teníamos nosotros y los niños”, dice Alicia, mientras se ocupa de mantener el mate a punto.


 

El nacimiento del comedor surgió una vez superado el golpe de la crisis del 2001. Al principio eran pocas cocineras y juntaban dinero para una olla popular. Con el tiempo lograron recibir donaciones de ONGs, con las que actualmente pueden sustentar la comida que brindan a los más de 600 comensales diarios.
 
Se ubica en una casona en construcción que cedió la madre de Isabel. El portón de rejas de la entrada se abre y se cierra constantemente. Las madres, con algún hijo en brazo y con los otros como ejército de infantes siguiendo sus pasos, se acercan con sus respectivos tuppers y esperan pacientes el menú del día.

“Soy bonita, simpática… y tengo un padre celoso”, lleva como inscripción una chiquita en su remera, y le saca una sonrisa a cualquiera que la vea. Ellas y ellos, juegan con una escoba, saltan de los canteros y no paran de correr. Isabel y Alicia, mientras, hacen de madres y saludan por el nombre a cada uno de los que van llegando.  

“La mayoría tiene muchos chicos, y lo que hacemos es que uno de ellos, por lo menos una vez a la semana tiene que venir a colaborar. El lugar es pequeño, por eso decidimos hacer viandas. Pero también para hacer un seguimiento a esa familia, porque hay mucho abuso y violencia familiar. Además muchos de ellos están indocumentados, y los ayudamos para que saquen el DNI. “Queremos, dentro de todas nuestras falencias, ser solidarios y tener compromisos, también de concientizar a la gente. La verdad es que la gente está mal educada y tiene falta de conciencia”, cuenta Isabel. Al rato, confiesa: “No puedo ver a ningún pibe en la calle, me dan ganas de llorar”.

 

Salir del paco, un problema social

El celular de Alicia no para de sonar. En un momento de calma, corta y explica: “Era un caso de un chico de 12 años que es adicto, me llamó la madre porque lo quiere internar”. Pero para eso, muchas cosas las tienen que hacer los profesionales médicos, y otras la policía y la Justicia. “Necesitamos que salgan a buscar quién maneja el narcotráfico o quién maneja las armas”, comenta Alicia. Pero su par, Isabel, contrataca: “Nosotras no somos depositoras de ningún chico. Las madres tienen que hacerse cargo, y tienen que seguir con el tratamiento. No estamos muy a favor de la internación”.

“Creo que esto nos tiene que dar fuerza, el cambio tiene que surgir de nosotros mismos, porque queremos ver una realidad diferente. Muchas veces los funcionarios saben de ésta problemática, y creo que lo primero que tenemos que resolver es esto. No hay decisión de conocer estas cosas”, concluye Alicia.

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