Descubierta por Colón, fue refugio de piratas durante varios siglos y tuvo también varios nombres (por algo la llaman la “isla de los mil nombres”). En 1978, Fidel Castro convocó a los jóvenes cubanos para que estudiaran allí y la poblaran, llamándola definitivamente Isla de la Juventud.
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“Son arrecifes, con gran variedad de rojos y anaranjados, tonalidades propias del lugar, como la gran cantidad de esponjas”, explica el argentino Sergio Massaro, experto en submarinismo, que acompaña a los viajeros en las lanchas rumbo a Punta del Francés , la bahía en donde se hacen las inmersiones.
Bucear es la oportunidad de descubrir que allá en el fondo, debajo del agua, te espera un universo nunca visto, con encantos conmovedores. Dicen que en el fondo del mar hay más diversidad que en la tierra. No se trata sólo de ver peces y plantas exóticas, sino también de experimentar cómo se siente moverse, en una tercera dimensión. Es lo más parecido a volar, pero sin arneses ni alas. Es estar en silencio contemplando la perfección de la creación. Porque además de aventura y acción, el buceo también tiene una parte de misticismo y meditación.
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La reserva ecológica Punta del Francés queda a unos 45 minutos de la costa. Al llegar, el mar se vuelve marmolado con diferentes tonos de turquesa, uno más claro que el otro, y alrededor, conteniendo la virulencia del mar abierto, se ven manglares.
Aquí hay 56 puntos de buceo, lo que permite bucear durante dos semanas sin repetir fondos marinos. Cada uno tiene características especiales y entre los más recomendados están Pared de Coral Negro, Cueva de los Sábalos, Piedra de Coral, Ancla de Pirata, Paraíso de las Levisas y Reino del Sahara.
En estas aguas los buzos se cruzan, entonces, con enormes paredes de corales y exóticas formaciones que los diferencian de otros destinos del Caribe. Hay cavernas, cuevas, cañones y salones en donde habitan peces de grandes dimensiones, como morenas y cardúmenes típicos del lugar. Impresionan los barcos hundidos a los que se puede entrar y las enormes anclas, convertidas en colonias de diversas especies. Al no haber tanto tráfico de buzos, las gorgonias (coral violáceo con forma de peineta española, pero enorme) se ven intactas.
Ya en tierra, Gerona espera con un paisaje histórico, cultural y gastronómico: para disfrutar en una dimensión más terrenal, de viejas casonas coloniales, unos tostones y un buen mojito.
9 de septiembre de 2010
Fuente: Clarín Viajes
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