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Cuando el miedo se resquebrajó y el mundo volvió a mirar a Venezuela

“Estoy cansado de no saber dónde morirme.
¿Qué tengo yo que ver con los cementerios de otros países?”

La frase pertenece a El corazón helado, de Almudena Grandes, y condensa una verdad que atraviesa épocas y geografías: el exilio no es solo desplazamiento, es la ruptura del derecho a pertenecer. Es lo que ocurre cuando un poder decide expulsar a su gente y convertir la disidencia en destierro.

Eso hacen todas las dictaduras.
Sin excepción.
Las de derecha y las de izquierda.
Cambian los discursos, pero el método es el mismo: miedo, represión y destierro.

El 3 de enero de 2026, ese miedo se resquebrajó.

De madrugada, una imagen recorrió el mundo con velocidad brutal: Nicolás Maduro rumbo a Estados Unidos. No hubo tiempo para marcos ideológicos ni comunicados prolijos. La noticia se viralizó. Pantallas, redes, titulares. Venezuela dejó de ser una crisis que se administra a distancia para volver —de golpe— al centro del debate global.

Dentro del país, millones despertaron con una ilusión contenida pero real: volver a abrazar a quienes fueron separados por la cárcel, el exilio o la persecución política. Fuera del país, millones más entendieron que lo que parecía eterno podía empezar a quebrarse. No fue euforia. Fue algo más serio: conciencia histórica. La certeza de que la historia no estaba cerrada.

Las reacciones internacionales fueron inmediatas y reveladoras. Hubo condenas, apoyos y espectáculo político. El caso más explícito fue el de Gustavo Petro: primero alentó movilizaciones contra Donald Trump y a favor de Maduro, denunciando la operación como imperialista; horas después, el mismo Petro buscaba interlocución con Washington, solicitando una llamada. La secuencia fue transparente: la épica dura lo que dura el cálculo.

En ese mismo movimiento reapareció el interés que siempre ha orbitado a Venezuela: el petróleo. No las cárceles. No los hospitales sin medicinas. No las madrugadas sin luz. Los barriles volvieron a pesar más que las vidas. Venezuela volvió a importar cuando fue estratégica, no cuando su gente sobrevivía en silencio.

Pero mientras afuera se discutía soberanía, adentro ocurrió algo decisivo: el poder dejó de verse sólido. El régimen no estaba intacto; estaba tenso, fracturado, nervioso. Por primera vez en años, el miedo no estaba solo del lado de la sociedad.
La imagen fue elocuente. El rostro de Diosdado Cabello no fue el del control, sino el de la furia defensiva. Y cuando un poder necesita gritar que manda, es porque ya no está seguro de mandar. Lo dijimos y se confirma: cuando la justicia empieza a asomarse, el miedo cambia de bando.

La cronología ordena el quiebre.

Este 8 de enero de 2026, en horas de la mañana, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy Rodríguez, anunció públicamente la liberación de presos políticos venezolanos y extranjeros. Sin cifras cerradas ni garantías estructurales. Pero con un dato imposible de borrar: la admisión explícita de que hubo presos políticos.

Eso cambia el tablero.

Porque al liberar presos políticos, el propio régimen confirma lo que negó durante 27 años: la persecución política existió. No como exceso ni error, sino como política de poder. No es un relato opositor. Es reconocimiento oficial. Y deja sin coartadas a quienes, dentro y fuera de Venezuela, negaron o relativizaron esa realidad, incluidos referentes regionales como Rafael Correa y su entorno político.

En este punto, el análisis internacional y la historia reciente convergen con algo más profundo: la experiencia humana del exilio. Catorce años lejos no se miden solo en calendarios; se miden en ausencias, en navidades a destiempo, en duelos que se lloran en otro idioma y en otra tierra. Millones de venezolanos han atravesado ese camino. Y, aun así, la vida ha sido justa.

Fue incontable la cantidad de países que nos abrazaron, que nos contuvieron, que nos dieron un lugar cuando el nuestro se volvió inhabitable. Argentina marcó mi historia: fue el país que me dio trabajo, educación y dignidad cuando Venezuela no podía hacerlo. Como Argentina, muchos otros sostuvieron a millones de venezolanos. Esa red de acogida también es parte de esta historia.

Por eso este texto no termina en derrota ni en consuelo fácil. Termina en responsabilidad.

Porque si algo deja este quiebre es una tarea política ineludible: hacer lo correcto y lo justo cuando el momento lo exige. No acomodarse al ruido. No confundir cálculo con principios. No llamar épica a la incoherencia. Nombrar la persecución, defender la libertad y sostener la justicia.

La liberación de presos políticos no es el final, pero sí es una señal.
Una señal de quiebre interno.
Una señal de que el terror ya no es invencible.

Y si este es el principio, entonces que lo sea también de una decisión colectiva: no volver a mirar hacia otro lado.
Porque cuando el miedo se resquebraja, la historia reclama coraje.

@gabrielitaavn

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