Diario de viaje - Día 1

Seducir la mula, cruzar la Cordillera

El día en que se enamoró a La Colo

Por Guillermo Zanetto / enviado especial

 

El primer tramo del Cruce de Los Andes -propiamente dicho- empezó con un viaje en camioneta desde la capital hasta Barreal, cerca de Calingasta, y después de pasar la noche en dependencias de Gendarmería Nacional, con charlas instructivas y uniformados custodiando en rondas las camas durante toda la noche, por fin llegamos hasta la Estancia Los Manantiales, el punto de partida en mula hasta Chile. Ahí se logra el aspecto fundamental para llegar a buen término: seducir a la mula.


Antes de estar cara o cara con el animal, hay una catarata de recomendaciones a tener en cuenta: acercarse siempre por la izquierda, sin movimientos bruscos, entonando las frases probables que le dijo quien la adiestro (quieta, tranquila, shhhhh), nunca por la parte posterior ni después de que el equino tiró sus orejas para atrás en señal defensiva ni con elementos que puedan ser intimidantes. Además, hay que recordar cada detalle de su pelaje –color, manchas, tipo de pelo- y montura, para encontrarla rápido cada día.


A esto se le suma una lista interminable de gestos que la mula toma como ofensivos una vez que uno se sube, como cualquier movimiento brusco con los brazos, el ruido de algún abrigo de nylon o el exceso de equipaje que pueda rozar con sus flancos, una de sus zonas más sensibles. Queda en claro que para ser un animal de carga, es más susceptible y complejo de lo que uno se imagina.


A menos de una semana de San Valentín, el día de los enamorados, tuve que desplegar mi  escaso arsenal de atracción con “La Colo”, una alazán joven, de pelaje brillante y cuerpo bien formado. Creo que la regla es al peor humano, ponerle el mejor animal, para compensar, por lo que no subí en ninguno de los caballos que había, animal noble en el llano pero bastante inferior en terreno montañoso, por un motivo fundamental: siempre obedece al jinete, diferente a la mula que –como tantas mujeres- solamente sigue su criterio.


Gracias a que “La Colo” ignoró cada una de mis indicaciones, las primeras horas de viaje fueron más que placenteras, pese a que el terreno era de máxima dificultad: camino de cornisa, quebradas, cruce de ríos y cualquier paisaje imaginable donde no se llega con ningún vehículo que no sea un equino bien predispuesto.


No sé si hubo “química” o solamente en un animal que carga –además de bolsos- con muchos prejuicios, pero llegar al Refugio Las Frías, en Trincheras de Soler (3600mts), sin un solo rasguño, hace que ya le tome algún cariño. Que se puede transformar en otro sentimiento, si repite el desempeño en el próximo tramo en el Portezuelo del Espinacito, a 4800mts de altura.  

 

10 de febrero de 2012

 

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