El argentino que "enterró" la central de Chernobyl recuerda el horror

La cruda historia del grupo que sepultó los restos de la central atómica Rusa, aún guarda misteriosos secretos. Alexandre Borounov uno de los "liquidadores", cuenta cómo vivió el contacto con la desidia, la imprudencia y el abandono.

                                                                                                                              por Ignacio Bruno

 

Dentro del bimotor de carga AN 26 con rumbo a Kiev, el clima era de distendimiento. Los 19 pasajeros charlaban y fumaban animosamente entre si. Nadie pensaba en otra cosa excepto Alexandre Borounov, que por la ventanilla de la nave recorría con la vista el claro cielo que se extendía en el horizonte. Corría mayo de 1986 y hacía menos de dos semanas el reactor nuclear número 4 de la central atómica de Chernóbil había estallado dejando como saldo unas 31 personas muertas y alrededor de 135.000 evacuados. Los primeros signos del desastre empezaban a conocerse en todo el mundo y Rusia debía hacer al algo respecto, por tal motivo, en ese vuelo se encontraba la respuesta; allí viajaba el segundo grupo de “liquidadores” (que sepultarían los restos de la central) que iría a Chernóbil a reparar las consecuencias del desastre.  

Medalla entregada a los liquidadores.


Los liquidadores eran mineros, soldados, obreros de la construcción y bomberos que provenían de Ucrania, Bielorrusia, Rusia y de otras repúblicas soviéticas. Borounov, que en aquel entonces tenía 35 años de edad, trabajaba en una mina a más de 1000 metros de profundidad en la ciudad de Narilsk, cuando aquellos días de Mayo escuchó que estaban buscando mineros para mandarlos a Chernóbil como liquidadores. Borounov, hombre enérgico y fuerte no dudó en ofrecerse como voluntario. “Entré un poco por solidaridad, otro poco por inconciencia y por rebeldía, ya que cada tanto me sancionaban en el trabajo por defender algunas causas. Si bien es cierto que hubo gente que fue “forzada” a ir, muchos nos presentamos como voluntarios”.

Al arribar por la mañana a Kiev, un hotel 5 estrellas fue la última parada de antes de partir hacia Chernóbil.  El ambiente que allí reinaba era desconcertante, todo estaba controlado por militares y agentes de la KGB. El silencio y la falta de información se hicieron presentes: “Verdaderamente, no sabíamos nada, ni cuánto nos iban a pagar, ni si íbamos a volver o no, o qué era lo que teníamos que tener en cuenta. Nadie nos decía palabra alguna, todo era muy secreto y no se podía preguntar nada.”

"El sarcófago". Construcción de hormigón para contener la radiación.
Por eso, presintiendo algo extraño, ya que los empleados del hotel los miraban como a kamikazes japonéses que van a cumplir su última misión, la noche previa a partir hacia Chernóbil armaron una celebración de despedida en una de las habitaciones: “Nos emborrachamos totalmente, tomamos vodka, cerveza y coñac.  Tuvimos nuestra <última noche de Pompeya> porque pensábamos que en Chernóbil íbamos a morir o que tarde o temprano algo nos iba a pasar.”

A la mañana siguiente, un micro los depositó en la estación de Teresmi, donde se instalaron a 20 kilómetros de Chernóbil, en una especie de bungallows, junto a otros “liquidadores” que provenían de diversas partes de la Unión Soviética.

Las reglas de convivencia dentro de la estación eran claras, no se podía beber agua si no provenía de envases sellados, botellas o bidones, estaba prohibido para cualquier persona salir a la calle sin barbijo o lentes y usar elementos de metal u oro como relojes, anillos o pulseras; situación que hacía que los generales se pintaran las insignias y condecoraciones de sus uniformes.

A Borounov y su equipo les asignaron la tarea de limpiar los destrozos dejados por la explosión:   “Trabajaba a 60 metros del reactor, y cuando llegamos recién empezaban a construir el sarcófago. Como nosotros éramos mineros, nos encargaron la tarea de bombear el agua contaminada que se encontraba bajo tierra para evitar que se filtrara en la napas subterráneas”.
 
El  trabajo lo hacían  arriba de maquinaria que había sido especialmente traída desde Finlandia, lo que
Restos de la ciudad de Prípiat a pocos quilómetros de Chernóbil.
agravaba la situación y llevaba a que cada movimiento o tarea se realizara con sumo cuidado, ya que algún material con radiación podía quedar atrapado en los engranajes de éstas y transmitírsela al conductor. Es por eso que alrededor del perímetro donde trabajaban, grupos de soldados con decímetros pasaban una y otra vez vigilándolos bajo la orden de acudir a ellos si es que los llamaban para chequear las máquinas. Si el nivel medido era alto, un camión cisterna llegaba al lugar con soldados equipados con trajes para radiación, máscaras de gas y rifles de alta presión para lavar las máquinas con un líquido especial.

“Antes de subirme a la máquina, si no le lavaban y medían la radiación al menos 3 veces, no subía a trabajar porque pasó que muchas veces la medición salía mal, y los que nos perjudicábamos éramos nosotros”

El accidente de Chernóbil también sacó a relucir las distintas reacciones del hombre frente a las situaciones  límite: “Sucedía que durante nuestros turnos de descanso, venían los generales y nos querían sacar a trabajar bajo las amenazas de que iban a fusilarnos a todos”

Todas las tardes, terminada la jornada, Alexandre se dirigía hacia la cima de una lomada, y desde allí, sólo, se dedicaba a observar la ciudad de Prípyat, que presentaba el único paisaje avistable a unos kilómetros de la planta. Construida en 1970 para los trabajadores de la Central Nuclear y sus familias, su clima templado y suelo fértil la habían convertido en una de las más desarrolladas y agradables ciudades para vivir, pero  todo eso ya había quedado en el pasado tras la explosión: “La ciudad presentaba un paisaje desolador, estaba totalmente abandonada, la gente había huido dejando todo. Era estremecedor ver todo eso quieto, sin vida o movimiento alguno, era una ciudad fantasma”

Al igual que los demás liquidadores, Alexandre cobró 2.000 rublos por un mes de trabajo, el tiempo  suficiente para que todavía hoy, 22 años después, siga padeciendo problemas físicos a causa de la radiación  sufrida: “Tengo severos dolores en las articulaciones, tanto en las piernas como en los brazos y también problemas en el estómago”.

Restos de una guardería en el lugar de la explosión.
La cifra oficial dice que entre 1986 y 1992 se necesitaron unos 600.000 liquidadores, de los cuales 165.000 se encuentran minusválidos a causa de la radiación y 60.000 han fallecido. Además, estudios realizados indican que cada liquidador posee un promedio de cáncer 4 veces mayor al resto de la población que sufrió los efectos radiactivos y que el 80% sufre de tres o más enfermedades crónicas como arteriosclerosis, hipertensión o insuficiencia cardiovascular.

El desastre no tuvo peores consecuencias debido a la heroica labor que todos estos hombres desempeñaron, arriesgando y poniendo en juego su propia vida, ya que gran parte de la radiación todavía se encuentra sepultada bajo el sarcófago que cubre el reactor.

En la actualidad, muchos liquidadores de Kiev y la ex Unión Soviética continúan reclamando por mejorar las deterioradas compensaciones médicas y económicas que reciben por parte del estado, y muchos otros continúan luchando para lograr obtener un resarcimiento, ya que países como Rusia, Bielorrusia y Ucrania no proveen de ayuda alguna a los liquidadores que residen en el exterior.

1986, la tragedia.
Alexandre, quien desde 1996 vive en Argentina junto a su esposa y sus dos hijos, es uno de los tantos liquidadores que a pesar de haber recibido condecoraciones han visto negada la ayuda económica.
“Rusia se niega a pagarme como veterano de Chernóbil porque dicen que no me encuentro en suelo ruso, pero la constitución da libertad a sus ciudadanos para vivir donde cada uno quiera sin problemas y yo soy ciudadano argentino junto a mi familia, no me encuentro en forma ilegal.”

Pero a pesar de todo, Borounov no se arrepiente de haberse ofrecido como liquidador: “Tal vez suene raro, más en estos tiempos, pero alguien tenía que ayudar y a nosotros nos habían educado así: creíamos mucho en la solidaridad, el trabajo en equipo y queríamos cooperar. Nunca voy a lamentarme el haber ido allá  porque sé que lo que hice valió la pena, pero ahora espero que Rusia me ayude como lo hice yo.”
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