¿Se acabó la fiesta en Dubai?

En medio del lujo e inauguraciones épicas, el Emirato Arabe sufre el impacto de la crisis global.


En noviembre de 2008, dubai fue testigo de una celebración de proporciones épicas, un gran espectáculo que costó US$ 20 millones y contó con la presencia de celebrities como Charlize Theron, Lindsay Lohan, Michael Jordan y Robert de Niro. La exhibición de juegos pirotécnicos fue tan grande que sólo pudo ser apreciada, realmente, desde el cielo: literalmente, fue visible desde el espacio exterior.  Todo en el contexto de la inauguración de Atlantis, un complejo turístico de S$ 1.500 millones, construido en un archipiélago artificial con la forma de palmera. El sentido de la fiesta, explicaron sus promotores, fue mostrarle al mundo que Dubai es una tierra en la que las fantasías se hacen realidad, un destino excesivo para buenos tiempos. Pero entre muchos de los invitados, el ánimo era casi fúnebre. Mientras explotaban los fuegos artificiales, la economía mundial hacía implosión. Muchas de las fortunas superendeudadas de Dubai se desmoronaban, y nadie estaba seguro de adónde mirar. Las viejas boyas parecían haber sido borradas.

“Es una tragedia en ciernes”, dijo un alto ejecutivo de una de las mayores compañías de desarrollos inmobiliarios de la ciudad mientras miraba su champaña. “Mucha gente se verá afectada. Muchos sueños se vendrán abajo”, dijo, no sólo refiriéndose a los ahora ex ricos y los especuladores financieros. Los trabajadores que antes se importaban de otros países, son exportados, desempleados. Los rascacielos se yerguen sin terminar. “¿Ha visto todos esos barcos alineados en el horizonte?”, dijo, señalando hacia el golfo abierto. “Están allí parados, llenos de acero y concreto que ya nadie quiere”.

Aun cuando pueda parecer una exageración decir que, como le va a Dubai, le va a la globalización, se vuelve difícil imaginarse a uno sin la otra. Más que en cualquier otro lugar de la Tierra, esta ciudad-estado en los Emiratos Árabes Unidos es una creación del comercio mundial, un imán para el dinero caliente que busca las ganancias más rápidas y más altas y luego se muda cuando éstas desaparecen. Mucho de ese dinero proviene de las cercanas potencias petroleras árabes, siendo la más notable el emirato vecino de Abu Dhabi, que tiene el 90 por ciento del crudo de los EAU. Pero muchos millones más llegaron desde Irán, India, China, Rusia, Europa, EE. UU. y desde casi cualquier rincón del mundo.

En Dubai, al menos en la última década, la especulación en bienes raíces fue el deporte nacional. El precio de las casas y los departamentos, muchos de ellos aún sin construir, aumentaron un 43 por ciento sólo en el primer trimestre de 2008. El dinero hipotecario era fácil de obtener, y los especuladores se deshacían de las propiedades a cambio de ganancias sustanciosas en cuestión de semanas, a veces incluso de días, antes de que los primeros pagos mensuales se vencieran. Todos querían entrar al juego. “Los empleados ya no se concentraban en su trabajo”, se queja el presidente de una compañía regional de transportes. “Todos querían comprar propiedades por 10 por ciento menos”. Para junio, Dubai tenía 3,9 millones de metros cuadrados de espacio para oficinas en construcción, más que cualquier otra ciudad en el mundo, incluida Shanghai. Lo que era un desierto hace 20 años, hoy es una urbe. El frenesí es tal, que el Hard Rock Café, construido entre solares vacíos en 1997, ahora está rodeado de rascacielos, y los planes de derribarlo para levantar otra torre están siendo debatidos como si el Hard Rock fuera parte del patrimonio cultural.

Pero Dubai no sólo era una receptora de capital mundial; también fue un importante inversionista global. En 2006, su DP World adquirió la administración de seis grandes puertos contenedores en EE. UU., hasta que un estallido de protestas xenofóbicas en el Congreso hicieron al acuerdo políticamente insostenible. Hoy, entre muchas otras participaciones, Dubai posee 43 por ciento en NASDAQ OMX y una participación de 20,6 por ciento en la Bolsa de Valores de Londres. Las subsidiarias que posee totalmente incluyen a Travelodge, en Gran Bretaña; Mauser, en Alemania; y Barney’s y Loehmann’s, en Nueva York. Para principios de 2005, el “don de la liquidez”, o ganancia llovida del cielo, creada por los precios del petróleo que subían rápidamente, empezaron a parecer que permanecerían, y el auge de Dubai cobró fuerza. Pero mientras los precios del petróleo siguieron en aumento, más y más dinero fresco entró en la economía libre y espontánea de Dubai y el público empezó a sentirse protegido de las conmociones globales. Nadie estaba listo para el desplome en los precios durante los últimos meses de 2008, el cual puso al petróleo en menos de un tercio de su precio de comienzos de ese año. Resultó que Dubai estaba “aislada pero no apartada”, dice Mary Nicola, una economista de Standard Chartered Bank.

En un esfuerzo para restaurar la confianza unos días después de la fiesta del centro Atlantis, Dubai anunció la creación de un “consejo asesor” encabezado por Mohamed Alabbar, el presidente de Emaar Properties, la cual está construyendo, entre muchos otros proyectos, el rascacielos más alto del mundo en el centro de la ciudad. Alabbar prometió transparencia, un concepto raro en Dubai, y tocó la cuestión de la deuda del emirato, que se rumora como astronómica. Dijo que el gobierno y sus muchas compañías afiliadas tienen obligaciones por US$ 80.000 millones, pero activos por US$ 350.000 millones. “Por lo tanto, permítanme declarar categóricamente: el gobierno puede y cumplirá con sus obligaciones”. Tales cifras semioficiales nunca antes se habían hecho públicas. No están claras ni la liquidez de los activos ni la base para su valoración, y es difícil juzgar cuán realista es el optimismo de Alabbar.

Si hay buenas noticias, son que los líderes de Dubai fueron rápidos para tomar medidas correctivas en las primeras etapas de la crisis. En septiembre y octubre, el Banco Central implementó un plan por US$ 32.700 millones para apoyar a las instituciones financieras.

Hace sólo 50 años, el lugar era un asentamiento polvoriento en un rincón olvidado de la Península Arábiga. Uno de sus mayores negocios era contrabandear oro a India. En la década de 1980, bajo el gobierno del jeque Rashid bin Saeed Al Maktoum y luego de su hijo, el jeque Mohammed bin Rashid Al Maktoum, Dubai desarrolló su puerto libre. Los campos de golf que se mantuvieron verdes con millones de litros de agua desalinizada empezaron a cambiar el paisaje, y para la década de 1990, Dubai construía centros vacacionales célebres como el hotel Burj Al Arab. En sólo cinco años, de 1995 a 2000, la población creció en 25 por ciento, y ahora cuenta con 1,6 millones de personas.

Es poco probable que Dubai salga ileso de esta desaceleración global. Abu Dhabi, después de muchos años de ayudar calladamente a financiar el crecimiento de Dubai, ahora está buscando tener una participación mayor en la acción. “Es poco probable una declaración formal”, dice Khan, “pero la asistencia estratégica de Abu Dhabi es posible”. Y también un mayor control. Abu Dhabi domina el gobierno federal de los EAU, y su Constitución nacional fue enmendada para excluir al primer ministro (el jeque Mohammed de Dubai), y sus subalternos de “cualquier empleo profesional o comercial” y prohibirles hacer transacciones empresariales con los gobiernos federal o locales. El mensaje fue claro: ahora Abu Dhabi está a cargo.

Atlantis ya es una realidad, pero las grietas siguen apareciendo. El centro turístico es un proyecto conjunto entre el grupo inmobiliario sudafricano Sol Kerzner y Nakheel, la compañía inmobiliaria dubaití que construyó la isla Palm Jumeirah y otras extravagancias inmobiliarias de la zona. Días después de su gran inauguración, Nakheel anunció que despediría a 500 personas, aproximadamente el 15 por ciento de su fuerza laboral. “Gastaron US$ 20 millones en fuegos artificiales y no tiene dinero para pagarle a su propia gente”, dice un empresario libanés con intereses en Dubai.

Mientras tanto, incluso los ricos sienten el rigor. Hace pocas semanas, el propietario de un chalet de estilo mediterráneo, en una de las hojas playeras de Palm Jumeirah que mira hacia Atlantis, disminuyó su precio de venta de US$ 4,9 millones a 3,6 millones, primero, y luego a US$ 3,13 e incluyó su Bentley. Aun así, nadie lo compró. “Tal vez vendamos el Bentley por separado. No lo sé”, dice el agente inmobiliario Anthony Jerish. Sin dudas, éste no es el viejo Dubai.  n


Con Vivian Salama en Dubai y Nick Summers en Nueva York
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