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“Si no existe el amor ¿qué esperanza nos queda?”: la reflexión de Alejandro Dolina sobre la muerte y la importancia de los vínculos

El escritor analizó el carácter trágico de la mortalidad, la crueldad del individualismo moderno y los ejes que salvan al ser humano de la deshumanización.
 

Por Redacción

Martes, 01 de septiembre de 2026 a las 07:14

Alejandro Dolina volvió a encender el faro del pensamiento crítico en una profunda entrevista. En un intercambio que navegó entre la melancolía y el cinismo lúdico que lo caracteriza, el pensador desmenuzó las complejidades del amor, la inevitabilidad de la muerte y las trampas de la felicidad que impone el mandato social contemporáneo.

Desde el primer momento, Dolina dejó en claro el eje que rige su visión. Al ser consultado sobre el motivo de su visita, el escritor disparó con honestidad brutal: "He venido porque soy mortal de manera que ese carácter infunde a mi vida un carácter trágico". 

Para el filósofo, la finitud es una sombra constante que "impide las felicidades y produce una ansiedad de contacto con el otro", siendo esta urgencia el único refugio para eludir la inminencia del final.

Bajo esta mirada, las personas habitamos una realidad insular. "Somos islas, generalmente estamos muy solos. La mortalidad nos hace más solos todavía, porque no se muere solo... no es que nos morimos un grupete ahí de amigos de la secundaria", graficó con humor. 

Citando a Ernesto Sábato, rescató la existencia de "efímeros puentes" que se tienden en contadas ocasiones: "Esos instantes de comunión es cuando nos sentimos más plenos".

El "negocio para perder" y la “falacia del amor propio”:

Dolina se mostró crítico ante las corrientes psicológicas y sociológicas modernas que ensalzan la soledad y la autosuficiencia.

"Me huele un poco a crueldad individualista eso de querer estar solo como si el otro fuera un estorbo", sentenció, desmarcase por completo de la apología al individualismo.

Al profundizar en los vínculos afectivos, derribó la lógica utilitarista con la que muchas personas encaran las relaciones.

"El amor en todas sus formas es un negocio para perder, no para ganar. Muchas personas establecen relaciones amorosas como una especie de toma y daca... como si el amor fuera una inversión y como si ganar fuera indispensable. A mí me parece que perder es indispensable", reflexionó.

Para el entrevistado, despojarse de lo propio para dárselo a un tercero es superior a cualquier ganancia. De igual forma, desacreditó la idea de "aprender del dolor" tras un quiebre amoroso: 

"Hoy en día está mucho esto de sacar una experiencia como si la vida fuese una especie de negocio. ¿Qué vas a aprender? ¿Que a veces no te quieren? Bueno, no está mal aprenderlo”. 

En sintonía, recalcó que el afecto no se puede exigir por contrato ni ventanilla, y dejó una máxima contundente sobre el rechazo: "El que no te quiere, no te va a querer. Tiene que pasar un gran milagro para que eso suceda".

"Es la muerte lo que hace que yo ame tanto la vida":

Por otro lado, Dolina profundizó en las contradicciones humanas sobre el paso del tiempo y la finitud. Lejos de evadir su angustia existencial, el pensador unió la muerte con la pasión por vivir: "Siento, sin embargo, que es quizás la muerte lo que hace que yo ame tanto la vida". 

Bajo esta óptica, el límite temporal de la existencia es el motor que intensifica el presente.

Con su característico estilo analítico, Dolina desarmó el mito de que los seres humanos actúan permanentemente condicionados por la conciencia del fin. 

"La inmortalidad es esto: en este momento somos inmortales, al menos por un rato", reflexionó, señalando que la cotidianidad muchas veces actúa como un paréntesis frente a la finitud. 

Para el filósofo, ese velo se rompe abruptamente ante el espejo de la realidad: "Después salimos a la calle, vemos detalles de finitud en nosotros mismos y ahí nos hacemos mala sangre".

"Un abandono en su más perversa versión es destructor":

En un revelador fragmento de la charla, el escritor analizó el impacto de las rupturas sentimentales y rechazó la idea de que todo dolor deba esconder una lección positiva.

Al ser consultado sobre cómo vivió el amor, el filósofo explicó su particular balance: "A veces tuve la suerte de perder y otras veces he soportado la responsabilidad de ganar". 

Para Dolina, los términos comerciales no aplican a los vínculos afectivos porque el amor "no es un negocio, es una comunión... algo mágico, maravilloso, perturbador, enloquecedor". Sin embargo, advirtió su contraparte negativa y reconoció haberla padecido en más de una ocasión: "Puede convertirse en la peor de las tragedias. Un desengaño amoroso en su más perversa versión es destructor”.

Asimismo, Dolina apuntó contra los discursos optimistas que obligan a las personas a capitalizar el sufrimiento. Con notable ironía, desestimó haber obtenido enseñanzas de sus rupturas: "No he aprendido nada. He tenido la decencia de no utilizar mis desengaños o los abandonos de otros con fines educativos".

El pensador cuestionó la tendencia actual de "sacar una experiencia como si también la vida fuese una especie de negocio de sacar ganancias"  y ridiculizó la postura de alegrarse falsamente ante un rechazo: "Mira qué suerte que tuve que esta mujer me ha abandonado... y yo saco una ventaja. No se ve bien qué ventaja vas a sacar".

Dolina concluyó con una verdad tan tajante como realista sobre el fin del afecto: "El que no te quiere, no te va a querer. Tiene que pasar un gran milagro para que eso suceda"

Su mirada sobre la paternidad:

En otro tramo de la charla, Alejandro Dolina se tomó un momento para reflexionar con sensibilidad y crudeza sobre su rol como padre. Al ser consultado sobre qué fibras íntimas logró tocar ese lazo que ningún otro vínculo pudo despertar en él, el escritor confesó: "Descubrí ese deseo de dar por encima del deseo de recibir".

Con total entrega, el filósofo explicó que su bienestar actual está completamente ligado al destino de sus hijos: "Quiero que les vaya bien a ellos, si les va bien a ellos me va a ir bien a mí".

Por otra parte, Dolina derribó los estrictos mandatos y discursos de crianza tradicionales, admitiendo entre risas que compite con un amigo "para ver quién ha malcriado más a los niños". 

Finalmente, el pensador apuntó contra la idea de privar a los hijos de sus deseos materiales o afectivos bajo la falsa premisa de forjarles el carácter. Con un marcado tono irónico, Dolina disparó: "Teniendo algo que ellos desean, pudiéndoselo dar y no dándoselo para que aprendan que la vida es dura... ¿Qué clase de aprendizaje es ese?". 

Para cerrar su postura, recordó que el sufrimiento llegará tarde o temprano sin necesidad de ser estimulado en el ámbito familiar: "Aparte de por sí la vida ya se va a encargar de demostrarle... si uno puede evitarle eso a tan temprana edad, bienvenido sea. ¿Qué gracia, no? Empezar a forjar héroes a los 4 años".

La Inteligencia Artificial y la "deshumanización" que ya anticipaba Sábato:

Dolina también fue interrogado sobre el avance tecnológico que atraviesa la humanidad, el filósofo y escritor se sinceró: "Me produce temor, me produce dudas, me produce el temor de que mis temores provengan de un entendimiento obtuso". 

Sin embargo, le restó mística a la herramienta actual al asegurar que "no me parece tan perfecta por ahora... parece más una imitación que otra cosa, una imitación hija de poder repetir millones de pruebas en pocos segundos". A pesar de vislumbrar un sesgo de "torpeza" en los intentos actuales, reconoció con realismo que la mejora tecnológica es algo inevitable.

El tramo más profundo se dio cuando la entrevistadora trazó un paralelismo con el libro La resistencia de Ernesto Sábato, planteando qué diría el fallecido autor sobre este presente. 

"Odiaba todo eso, lo odiaba", recordó Dolina, validando la vigencia de su antiguo colega: "Yo creo que sí, que siempre tuvo mucha razón en eso, especialmente él fue pionero en advertir sobre el peligro de convertirse uno en un engranaje de una máquina que ni siquiera sabía para qué servía".

Para cerrar su firme postura, el conductor radial subrayó que la alienación tecnológica atenta contra nuestra esencia y sentenció que "esa deshumanización era de los peores terrores de Ernesto, quedar al servicio de máquinas".

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