Una serie de imágenes encendieron las alarmas en el Colegio Divisadero de Pinamar: chicos sentados uno al lado del otro en los recreos, con el cuerpo pegado al del compañero, pero la mirada en el celular. No había diálogo, cada uno estaba en su mundo con el teléfono.
Todo se potenció allá por el 2021 después de la pandemia. Para ese momento, el celular había pasado de ser una herramienta ocasional a ocupar casi todo el espacio escolar. “Era nuestro aliado”, reconoció Pamela Arigoni, directora de la secundaria y una de las dueñas de la institución.
En 2022, los docentes de la escuela empezaron a notar distracciones constantes y dificultad para sostener la atención por parte de los estudiantes. Durante el 2023 el colegio intentó regular el uso de los aparatos y apostar al autocontrol adolescente. No funcionó.
En ese contexto, antes de que iniciara el ciclo lectivo 2024, decidieron limitar el uso de los celulares casi por completo. Desde entonces, una vez que ingresan a la escuela, los alumnos los dejan guardados en cajitas o en placares bajo llave. Solo pueden usarlos en el segundo recreo y durante el almuerzo. Volvieron los módulos de papel y el subrayado.
“Al principio costó, sobre todo con los más grandes”, reconoció Arigoni. Según recuerda, hubo resistencia, ansiedad y hasta intentos de hacer trampa. Pero con el tiempo, algo empezó a cambiar: más bullicio en los recreos sin celular, más diálogo entre alumnos de distintas edades y chicos que, incluso cuando podían usar el teléfono, elegían no hacerlo. “Lo que más recuperaron es lo vincular. No tener el teléfono te obliga a interactuar con otros”, dice.
La tecnología: ¿Una aliada o un obstáculo?
Pamela Arigoni tiene 41 años, es licenciada en Gestión de Instituciones Educativas, profesora de Geografía y madre de dos adolescentes de 15. En 2018 asumió como directora del Colegio Divisadero, del que es dueña junto con su hermana Cecilia. “La institución tiene nivel inicial, primario y secundario. Son más de 400 alumnos y 210 cursan la secundaria”, explica.
Antes de que los recreos devolvieran esa imagen de adolescentes frente a una pantalla, Arigoni y los 45 docentes del secundario ya miraban con preocupación el lugar que habían empezado a ocupar los celulares en la escuela.
“Como no queríamos prohibirlos, durante 2023 trabajamos en la buena gestión de los aparatos e intentamos que los chicos pudieran medirse solos. Funcionó a medias: se distraían en cualquier momento porque tenían los teléfonos entre las piernas. Incluso se han llegado a copiar en evaluaciones”, resume.
En paralelo, el colegio empezó a relevar hábitos. “En los desayunos semanales que hacemos con cada curso, les preguntábamos cuántas horas dormían y cuántas horas usaban el celular. Sobre esto último, algunos hablaban de ocho horas; otros de catorce. Y nosotros les decíamos: ‘¿Cómo catorce si ayer estuviste en el colegio?’. Ahí aparecía algo llamativo: en el club no lo usaban, pero en la escuela sí”, contó Pamela.
A eso se sumaba otro factor: muchas veces eran los propios padres quienes les escribían durante el horario escolar. “Siempre pedimos que ante cualquier cosa, se comuniquen con preceptoría. Pero igual les mandaban mensajes directos a los chicos”.
La preocupación empezó a escalar desde las aulas hacia la dirección. Cada vez más docentes advertían que pasaban más tiempo controlando pantallas que enseñando. “Tengo que ir uno por uno para que dejen de usarlo”, me decían. “Ahí fue cuando dijimos: ‘Se terminó’. Lo hablamos mucho con los profesores, porque más allá de que el mensaje bajara desde la Dirección, los que están en las aulas son los docentes y son los que tienen que poner el cuerpo”, recuerda Pamela.
Frente a ese escenario, a fines de 2023 el colegio tomó la decisión de limitar el uso de los celulares. El momento coincidió con la publicación del Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2023, de la UNESCO, que advierte que el uso de dispositivos por parte del alumnado “más allá de un umbral moderado” puede tener un impacto negativo en el rendimiento académico y que, incluso, “la mera proximidad de un dispositivo móvil distrae a los estudiantes y hace que pierdan la atención de la tarea que están realizando”. Ese fue el respaldo con el que el colegio convocó a las familias antes del inicio del ciclo lectivo 2024.
“Se lo presentamos como una necesidad pedagógica y también como una forma de darles una mano. ‘Mientras sus hijos estén acá vamos a hacer que su vida pase por otro lado’, les dijimos”. La respuesta fue unánime. “No hubo un solo papá o mamá que se negara”, contó Arigoni.
La reacción de los alumnos ante la medida:
La profesional contó que “al principio costó, sobre todo con los más grandes. Tenían una reticencia lógica. Recuerdo a una chica que me decía: ‘Por favor, no lo guardes. Necesito verlo’. Habíamos comprado unos placares para dejarlos bajo llave, porque enseguida aparecía el miedo: ‘¿Y si se rompe?’, ‘¿Y si se cae?’. Detrás de cada decisión pedagógica hay muchas cosas que pensar para reducir márgenes de error y de conflicto”.
Y también aparecieron reacciones físicas: “Los varones, por ejemplo, se habían hecho unas tiritas de papel con una pelotita en la punta y la pateaban todo el tiempo. Entrabas al aula y era tac, tac, tac. Cuando les preguntábamos qué les pasaba, ellos mismos reconocían que era la ansiedad de no tener acceso al teléfono. Después se acostumbraron”.
“En 2025, por ejemplo, los profesores empezaron a notar que en sexto aparecían muchos ‘telefonitos rotos’. Claro: venían con el celular viejo, lo dejaban en la caja y se quedaban con el propio encima. Cuando lo detectamos, tomamos distintas medidas. Una muy sencilla fue: ‘Si incumplen el acuerdo, no usan más el teléfono por lo que queda del mes’, relató.
Los cambios en su día a día en la escuela:
La directora contó que los alumnos “muchas veces se sorprenden de cómo lo naturalizaron. Se olvidan del teléfono. En el segundo recreo, cuando pueden usarlo, muchas veces ni lo agarran: eligen salir sin el teléfono. Al principio se notaba mucho la diferencia entre los recreos. El primero era más bullicioso, con más diálogo; el segundo, cuando tenían acceso al móvil, más silencioso”.
Y agregó: “Volvimos al papel, aunque desde lo ambiental no sea lo ideal: los chicos trabajan con módulos, subrayan, hacen dibujos, garabatos. Muchos docentes siguen usando Classroom o Teams, pero ahora como apoyo: para subir algún trabajo o material puntual. En paralelo, nosotros enseñamos tecnología e inteligencia artificial como una materia. No estamos en contra de la tecnología porque, además, los chicos van a necesitar insertarse en el mundo y en el mundo la están usando. Lo que buscamos es que su uso tenga un sentido”.