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"¿Te echaron del colegio? A las 5 de la mañana venís a vender diarios conmigo": la lección de vida que marcó a Carlos Bianchi

El "Virrey" repasó sus orígenes humildes en Villa Real, el riguroso aprendizaje junto a su papá canillita y las divertidas anécdotas que forjaron el carácter del máximo ganador del fútbol argentino.
 

Por Redacción

Lunes, 07 de septiembre de 2026 a las 07:17

En una íntima y emotiva entrevista para el ciclo Grandes Que Fueron Chicos en el restaurante Alamesa, Carlos Bianchi se alejó por un momento de las luces del éxito deportivo para recordar los años donde se moldeó su personalidad. 

El "Virrey" revivió su infancia en una casa muy chica de Villa Real, sobre una calle Tinogasta que fue de tierra hasta que él cumplió los 20 años. Allí, entre partidos de potrero y el aroma de los diarios recién impresos, se construyó el mito.

El quiebre de su adolescencia quedó marcado por una expulsión escolar y una lección de vida inolvidable. Tras acumular demasiadas amonestaciones en un colegio de curas, el director le dio un diagnóstico inesperado a su madre: “Su hijo tiene una pelota de fútbol en la cabeza, déjelo jugar al fútbol”.

“Yo fui a colegio de curas y los curas me terminaban echando por muchas amonestaciones. Era un poco travieso”, confesó con una sonrisa nostálgica al rememorar sus 13 años.

Aquel diagnóstico, que terminó siendo una profecía absoluta, no fue fácil de asimilar en un hogar de clase trabajadora donde el estudio se consideraba fundamental. 

El impacto de la noticia golpeó duramente el ámbito familiar en un primer momento. 

“Mi mamá volvió llorando a esta casa. Cuando llegó mi padre le comentó y mi padre me dice: 'Mamita me dijo que te echaron de la escuela'”, relató Bianchi sobre la antesala del histórico pacto que sellaría su destino en el potrero y el trabajo.

El riguroso pacto con su padre canillita:

Al enterarse de la expulsión, su papá le preguntó qué pensaba hacer de su vida. Con apenas 13 años, Carlos no dudó y le contestó que iba a ser jugador de fútbol profesional.

La respuesta paterna combinó apoyo incondicional con una alta dosis de realidad: "Ah, vas a ser jugador de fútbol profesional... Te felicito. Pero mañana te levantás conmigo a las 5 de la mañana y venís a vender diarios".

Ese compromiso forjó su constancia para el resto de su carrera profesional. Bianchi recordó con emoción el esfuerzo de aquellos inviernos crudos:

"Hacía un frío a las 5 de la mañana. Y de ahí, hasta que llegué a jugar al fútbol profesional a los 18 años, me levanté todos los días a las 5 de la mañana. Era la educación que nos dieron nuestros padres".

El ex futbolista describió a su padre como un verdadero “sacrificado” que sostenía el quiosco de diarios en la localidad bonaerense de San Martín. Para cumplir con su labor, el esquema diario requería una logística extenuante que Bianchi compartió a la par durante cinco años:

“Él era canillita y el kiosco diario lo tenía en San Martín. Entonces tenía que tomar dos colectivos a las 5 de la mañana. Alguien en la General Paz y Beiró esperaba el colectivo y después cambiaba el colectivo ahí en General Paz y Constituyentes para ir hasta Villa Maipú”, relató.

“Y bueno, mi padre hacía ese trayecto cuatro veces en el día, porque después venía al mediodía y a la tarde tenía que ir de vuelta”, sumó.

Esta exigencia de cuatro viajes diarios respondía a la dinámica de la prensa escrita de la época, una época dorada de los medios impresos que Bianchi rememoró con precisión: “En esa época se vendía la quinta y la sexta, claro, los diarios de la noche donde salían todas las loterías de la Argentina, fundamentales”.

A pesar de que su padre no profesaba ninguna religión, Bianchi se quebró al recordar el respeto con el que guio a sus tres hijos: “Mi padre no era religioso y nosotros los tres fuimos a colegio de curas. Mi padre era muy respetuoso, muy.  Me emociono porque la verdad que recordarlo hace bien. Bueno, y me respetó siempre”.

Los calzoncillos largos en el vestuario de Vélez:

A los 16 años, la carrera futbolística de Bianchi avanzaba a pasos agigantados tras haber alcanzado la tercera división de Vélez Sarsfield. Sin embargo, su realidad económica y familiar lo obligaba a mantener un pie firme en la calle y otro en las canchas de entrenamiento. 

“Yo me quedé en mi casa siempre. Sí, yo me quedé en mi casa y yo jugaba en Vélez”, remarcó el "Virrey", dejando en claro que el profesionalismo no lo alejó de sus raíces de barrio.

Su rutina diaria era un reloj de precisión y esfuerzo físico extremo, donde el almuerzo funcionaba apenas como un breve puente entre el reparto de diarios y la exigencia de las inferiores del club de Liniers.

“Yo venía de trabajar, almorzaba y me iba a entrenar caminando a diez cuadras para la cancha de Vélez. Iba caminando a entrenar todas las tardes, y jugaba el sábado —las divisiones inferiores juegan los sábados—. Y después llegué... cuando llegué a tercera tenía 16 años yo y también seguí yendo a trabajar a las 5 de la mañana y entrenaba a la tarde”, manifestó.

Esta superposición de mundos —el del trabajador informal que madrugaba a la par de su padre y el del futbolista que asomaba en la elite— quedó retratada en una anécdota invernal que Bianchi recuerda con absoluta gracia y cero resentimiento. 

Mientras sus compañeros de equipo gozaban de la exclusividad de dedicarse únicamente al deporte, el "Virrey" debía irrumpir en el vestuario con la indumentaria térmica que usaba para combatir las heladas de la madrugada en San Martín.

“Y como anecdótico es que en invierno yo llegaba con calzoncillos largos porque tenía que vender diarios, y los compañeros que tenían 19 o 20 años ellos se dedicaban al fútbol y me gozaban un poco, se divertían con mi calzoncillos largos... Pero no, no tuve...”, relató entre risas.

Un grito de gol prohibido en la tribuna de River:

El salto a la primera división trajo un cambio de hábito para su padre, quien solía pasar los domingos en el hipódromo de San Isidro. Desde el debut de Carlos, se transformó en su seguidor más fiel, ubicándose religiosamente detrás del arco que su hijo atacaba.

Esa costumbre casi termina en un problema mayor durante un enfrentamiento contra River Plate en el Monumental.

"Un día la voló a (Amadeo) Carrizo y él estaba en medio de la hinchada de River. Gritó el gol, pobrecito, tuvo que salir corriendo por el túnel... Las cosas que hacen los padres".

A pesar del peligro que significó gritarle un gol en la cara a la parcialidad "millonaria" en su propio estadio, Bianchi revivió la escena con una enorme ternura y admiración hacia el hombre que, de lunes a sábado, seguía madrugando a las cinco de la mañana para vender diarios y luego se vestía de gala para ir a la cancha.

“¿Y vos como jugador ya sabías que él estaba ubicado ahí?”, le preguntaron en la mesa. “No, yo sabía siempre, yo sabía que estaba en el arco. Por supuesto. Estaba vestido normal, normal él, claro, de haber venido del trabajo él”, concluyó el "Virrey" con los ojos brillosos de emoción.

La verdadera prioridad del "Virrey":

A pesar de haber alcanzado la gloria máxima como futbolista y director técnico, Bianchi dejó en claro que sus vitrinas más importantes no guardan trofeos, sino vivencias compartidas con sus seres queridos. 

Al ser consultado sobre el balance de su vida, concluyó con una frase que define su escala de valores actual:

"Haber logrado los objetivos en todo sentido, no solamente en lo futbolístico o en el trabajo de uno, sino el familiar que para mí es mucho más importante. El fútbol para mí pasa después de la familia".

Carlos Bianchi: la leyenda inoxidable del "Virrey":

Detrás de las emotivas vivencias de su infancia se construyó la trayectoria de una de las figuras más influyentes de la historia del fútbol mundial, tanto dentro de la cancha como desde el banco de suplentes.

El goleador implacable: Antes de ser un estratega multicampeón, Bianchi fue un delantero letal. Debutó en Vélez Sarsfield a los 18 años y se convirtió en el máximo goleador histórico del club de Liniers. Su racha goleadora cruzó el Atlántico y lo consagró en Francia, donde brilló en el Stade de Reims y el París Saint-Germain (PSG), erigiéndose como uno de los máximos artilleros de la historia de la Liga Francesa.

La gloria en Liniers: Su carrera como director técnico alcanzó el primer pico dorado en el club de sus amores. Al frente de Vélez, rompió la hegemonía de los equipos grandes a mediados de la década del 90, conquistando tres torneos locales, la Copa Libertadores de 1994 y la histórica Copa Intercontinental de ese mismo año ante el poderoso AC Milan de Italia en Tokio.

El "Virrey" de América y del mundo: Su consagración definitiva llegó al asumir en Boca Juniors en 1998. Bianchi lideró la etapa más gloriosa en la historia de la institución xeneize, transformando la mentalidad del club. Bajo su mando, Boca conquistó cuatro torneos locales, tres Copas Libertadores (2000, 2001 y 2003) y dos Copas Intercontinentales, rindiendo a sus pies al Real Madrid de los "Galácticos" en el año 2000 y nuevamente al AC Milan en 2003.

Un legado eterno: Con un estilo de liderazgo basado en el respeto, el sentido común y la gestión humana de los planteles, Bianchi se mantiene como el director técnico más ganador en la historia de la Copa Libertadores (4 títulos) y de la Copa Intercontinental (3 títulos), un récord mundial que agiganta su figura con el paso de las décadas.

Hoy en día, totalmente retirado de la dirección técnica y de la exposición mediática constante, Bianchi reparte sus días entre Buenos Aires y París, disfrutando de una vida sumamente familiar y tranquila. 

Su rutina actual está abocada por completo a compartir tiempo con su esposa Margarita —con quien lleva más de 50 años de casados—, sus hijos y sus nietos. Su aparición en proyectos comunitarios o en entrevistas íntimas, como la realizada en Alamesa, responde a su deseo de apoyar causas con impacto social y reencontrarse, desde la nostalgia y el respeto, con el cariño de la gente que lo idolatra sin distinciones de camisetas.

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