El costo de sostener un hogar crece a un ritmo muy superior al de los ingresos. Para una parte importante de los jóvenes argentinos, la posibilidad de independizarse quedó condicionada por una ecuación económica que cada año resulta más complejo de resolver.
Según un estudio del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), el 44% de los jóvenes argentinos todavía vive con sus padres, un porcentaje que muestra cómo la emancipación dejó de ser un paso natural hacia la adultez para convertirse, poco a poco, en una meta difícil de alcanzar.
El investigador especializado en movilidad, vivienda y urbanismo de la Fundación Tejido Urbano, Matías Araujo, explicó que hoy una persona necesita $1.321.651 mensuales para vivir sola, mientras que el salario promedio de los jóvenes ronda los $900.000.
Esa diferencia, sostuvo, explica buena parte del fenómeno y obliga a muchos a permanecer en el hogar familiar, aun cuando desean independizarse.
Según detalló, los jóvenes que efectivamente lograron dar ese paso perciben, en promedio, ingresos de entre $1,4 y $1,6 millones, mientras que quienes continúan viviendo con sus padres suelen ubicarse entre los $600.000 y $750.000.
La distancia entre ambos grupos deja en evidencia que el problema ya no pasa únicamente por conseguir trabajo, sino por alcanzar un nivel de ingresos que permita afrontar el alquiler, los servicios y el resto de los gastos cotidianos.
Más dificultades:
Araujo señaló que la dificultad para emanciparse responde a una combinación de factores. El primero es el deterioro del mercado laboral, que demora el acceso a empleos estables y mejor remunerados.
El segundo es la prolongación de las trayectorias educativas, que retrasa el ingreso pleno al mercado de trabajo. Y el tercero es el cambio en los proyectos familiares, que llevó a postergar decisiones como formar pareja, tener hijos o comprar una vivienda.
En ese sentido, sostuvo que el mercado laboral “se corrió aproximadamente diez años”. Mientras que hace dos décadas era habitual acceder a un primer empleo formal alrededor de los 20 años, hoy muchos profesionales recién consiguen posiciones iniciales —como puestos junior o de analista— entre los 28 y los 31 años.
En muchos casos, explicó el investigador, ese gasto representa hasta el 60% del salario, una proporción que prácticamente elimina cualquier posibilidad de ahorro y vuelve muy difícil proyectar la compra de una vivienda propia.
La informalidad constituye otro de los principales obstáculos. Actualmente, alrededor del 36% de los jóvenes trabaja sin registrar, una situación que limita el acceso al crédito, dificulta la firma de contratos de alquiler y reduce la previsibilidad económica necesaria para sostener un hogar.
En ese contexto, también se modificaron los tiempos en que los jóvenes alcanzan distintos hitos de la vida adulta. Si hace dos décadas la edad promedio de emancipación se ubicaba entre los 24 y los 25 años, hoy ronda los 27,5 años, mientras que la posibilidad de acceder a una vivienda propia pasó de proyectarse alrededor de los 35 años a ubicarse, en muchos casos, entre los 40 y los 44.
Las nuevas prioridades culturales:
Por su parte, Martín Álvarez explicó que más allá de la crisis de ingresos, el estudio detectó una transformación en los deseos y proyectos individuales.
"El proyecto de familia en generaciones pasadas era un objetivo. Hoy por hoy para la mayoría de los jóvenes eso pareciera que no es así, y eso retrasa mucho porque también además de lo económico se suma a lo cultural", manifestó.
Ante este escenario, la casa de los padres funciona como un refugio estratégico: "Muchos jóvenes hoy elijan seguir viviendo con sus padres por una cuestión de estabilidad, de poder disfrutar de un montón de cosas que quizás antes no era un objetivo”.
Y continuó: “Por ejemplo, me quedo viviendo dos o tres años más con mis padres para poder ahorrar y viajar".
Álvarez concluyó que es un cambio notorio: "Como sé que no me va a alcanzar para mudarme e independizarme, aprovecho y disfruto de otras cosas que quizás son un poco más cortoplacistas, de decir 'Bueno, disfruto hoy poder darme el gusto de hacer un viaje y quizás la independencia y mudarme quedará para más adelante'”.
Ambos profesionales coinciden en que los jóvenes de hoy enfrentan una realidad estructural distinta, marcada por una mayor informalidad laboral y un acceso mucho más complejo a la vivienda.
Por eso, consideran que las trayectorias de ambas generaciones no son comparables: mientras antes el trabajo formal y la posibilidad de comprar una casa constituían un horizonte alcanzable para buena parte de la población, hoy esos objetivos aparecen mucho más lejanos para quienes recién comienzan su vida laboral.