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El hippie que dormía en un sarcófago y entró en los récord Guinness

El autoproclamado "obrero del arte" levantó su casa de Quilmes con seis millones de envases de vidrio en las paredes. Vivió arriba de un árbol, se escapó del Borda y ahora es portero en un colegio.

Por Leticia Leibelt y Alejandro Moreyra

Fotos A.M.

 

Hay veces que el nombre de una persona define su destino: Rubén Adolfo significa algo así como “el soldado de hierro de Dios”. Si, además, se tiene en cuenta que su apellido es justamente Ingenieri, no hay mucho más que explicar.


Sin embargo, en la zona del balneario de Quilmes, todos los vecinos lo conocen como Tito, el de la casa de botellas. A los 15 años, le dijo a su madre: “me voy”, y se fue nomás. Desde entonces, su filosofía hippie y su espíritu libre lo convirtieron en un creador de esculturas de fierros retorcidos y de particulares viviendas artísticas.


Sobre la calle De Los Naranjos, construyó “La Fortaleza” -así la llama- con seis millones de envases de vidrio, según pudieron comprobar los enviados del libro Guinness de los Récords. Y habrá que seguir contando porque, ahora, con 56 años, armará una torre que va a necesitar dos millones más. Al entrar a la casa-museo, se escucha la música de Hendrix, Spinetta y Aquelarre.  

¿Esta es su primera casa “artística”?


De chico, viví en una comunidad hippie de Morón, después me fui a la Cofradía de la Flor Solar, en La Plata. Mi primera casa la tuve en la copa de un árbol, era muy linda. La construí porque, a los 17 años, viajé a Bolivia y conocí a unos soldados americanos que habían estado en Vietnam. Como también eran hippies, nos hicimos amigos y me enseñaron a hacer casamatas para francotiradores arriba de los árboles.

¿Le gusta el rock nacional?
Fui plomo de Aquelarre y de todos los BArock. A Almendra le cargué los equipos desde 1968 y ellos me tiraban unos mangos. Los conocía a todos. Por ejemplo, me enteré que Spinetta hizo Rutas Argentinas camino a Lobos, en un camión de vacas. Tanguito no era buen tipo, era de afanarse las cosas; a mí me robó una campera. Igual, no soy quién para juzgar, tomé muchas drogas.

¿Ya se curó?
Me mejoraron. De grande, me agarró fobia a la lluvia y al viento. Tengo el antídoto en el bolsillo: lo llamo “sonajero psicodélico”, es Alplax. Mi psiquiatra, Roberto Rocca, “el científico”, me atiende hace 30 años. Nunca hay que olvidar a la gente que te saca de una caja que es invisible a los ojos de los demás. Había tomado mucho LSD, opio, morfina… Basura. Cuando sos pibe, querés ser parte del ambiente, pero por ahí te vas a la mierda. La marihuana es un expectorante, pero lo demás me hizo mal y fui a parar al Borda en el ‘77, después de la Colimba.

¿Cómo vivió la época de la colimba, siendo hippie?
Si había morfina, tomaba. Usaba lanzallamas y me la pasé saltando y corriendo, pero no me trataron mal. Me interrogaron como a todos. Me preguntaron si había tomado drogas, y les contesté “sí, una vez tomé”. ¿Qué les iba a decir, si ya sabían?

Y la situación en el Borda, ¿cómo era?
La gente necesita ayuda, que le den una mano para que puedan trabajar. Eso mata la depresión. Te dan muchas pastillas para que no molestes, aunque yo estaba conciente.
Estuve ocho años hasta que me escapé con la ayuda de mi hermano. Me afeité, me peiné bien para atrás y, como no me conocieron, me fui. Después me dieron la amnistía.

¿Estudió arte alguna vez?
Soy autodidacta, un caradura del arte. Me gusta hacer cosas, no importa si son buenas o no. Mi maestro fue Oscar Albertazzi. De Bellas Artes me echaron como a un perro por tener el pelo largo. Me sacó un policía. Me hicieron un favor: jamás me iba a poner un saco ni me iba a cortar el pelo para que un tipo me enseñe a dibujar para la mierda. El mismo profesor que me echó me vino a felicitar cuando hice una muestra en el Museo de Quilmes. No me reconoció. 

¿Pero vive de esto?
No, trabajo barriendo pisos en una escuela de Bernal, soy el portero. Mi casa no me hace la vedette de nada. No me considero artista, soy un obrero del arte. Quiero dejar el mensaje de que esto se puede hacer: que la gente la copie y deje de hacer ranchos. Con la panza llena y un techo que te mantenga calentito podés pensar y vivir mejor. Yo no soy inteligente, soy un tipo audaz y habilidoso, con ganas de laburar.

¿Las autoridades le dan ayuda para mantener la casa?
El Barba Gutiérrez me ofreció una subvención, pero la rechacé. Es plata de la gente, de los impuestos de los demás. No me puedo colgar de eso. Me quería nombrar ciudadano ilustre, está loco. Todos somos ciudadanos ilustres. No estamos en Europa para un título de nobleza.

¿Por qué botellas?
Porque lo vi en una revista. La casa de botellas fue inventada en 1914 en Toulouse, Francia. Primero quise ir a comprarlas a los chatarreros, pero cuando les contaba para qué las quería no me creían y me echaban. Me tomaban el pelo. Hasta que vi pasar a un tipo con un carro lleno de botellas. Le dije que necesitaba mil para empezar a laburar y le di 100 mangos. Así me iba trayendo en bolsas. Después empecé a decorar boliches con esculturas y murales, y les pedía que me paguen parte en botellas vacías. Me mandaban camiones llenos.

¿Cuándo empezó a construirla?
Hace 19 años. Cuando no tenía dormitorio, dormía en un sarcófago. Siempre viví solo, aunque ahora vivo con Irma. Es mi esposa, pero es como mi mamá. Como me ayudó mucho, le dije: “Casémonos, pero no te vayas a creer que te vas a quedar conmigo. Yo tengo alas”. Me casé vestido con un mameluco y una galera de funebrero italiana. 

¿No está enamorado?
No, pero ella lo sabe y está todo bien. Nos llevamos bárbaro y me hizo todos los vitreaux de la casa. Me dice que me quiere, pero yo le contesto: “Dejá eso para las novelas”.

¿Tiene hijos?
Tengo cuatro hijos de adopción, porque soy estéril. Soy separado y viudo.

¿Es verdad que las botellas le avisan cuando hay sudestada?
Sí, silban, porque les entra el viento a 120 kilómetros por hora. Cuando termine el mirador y esté todo lleno de botellas, van a silbar de una forma que los vecinos me van a tirar con algo.

¿La gente toca la puerta y entra a conocer?
Vienen más o menos 40 personas por día. Otro cobraría entrada, yo no. En un museo no se cobra. También vienen de excursión de muchos colegios.

¿Enseña en talleres?
Sí, le enseñé a más de 300 mujeres a soldar y, en el Borda, a 400 tipos. Muchos  profesores de Bellas Artes mandan a las chicas a aprender soldadura acá, porque ellos no lo enseñan, pero es algo que se aprende en veinte minutos. La gente que vino me superó, hacen laburos impresionantes.

¿Qué haría si le pasara algo a esta casa?
Yo soy la casa. Si alguna vez la pierdo, me paro en la esquina con una botella en cada mano y me convierto en la casa. Nadie me echa de ninguna parte, pertenezco a todos los lugares. Soy tan libre que puedo estar en todas partes y, a la vez, como nadie me echa, me voy si no tengo ganas de estar. Tengo lo necesario, no más de la cuenta. ¿Qué más puedo pedir?

 

 

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