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Malvinas: Morir y vivir en el viento

A 27 años de la Guerra, un grupo de familiares de caídos en las Islas viajó el sábado para recordar a las 649 víctimas en el cementerio de Darwin. Las impresiones de un periodista de 7 Días, entre la emoción, el dolor y la sensación de sentirse extranjero en su propia tierra.

 

Por Juan Alonso
(Enviado especial a Darwin, Malvinas)

El sábado, muchos cumplimos un sueño anhelado: pisar la tierra de nuestras islas Malvinas. Fue un día tan feliz como lúgubre. Los recuerdos se hicieron carne en el cementerio de Darwin, a unos 80 kilómetros de Bahía Agradable –el nombre argentino del británico Mount Pleasant– en donde nos esperó el secretario primero del gobierno isleño, especie de vicegobernador local, Paul Martínez, funcionario inglés que pasó por Lima, Perú, antes de recalar en esta estepa árida, en una paisaje netamente patagónico y fueguino, en donde conviven unos 2.950 habitantes (el diez por ciento es de origen chileno) con más de mil militares profesionales británicos, enviados desde Londres luego del conflicto armado de 1982.

De hecho, el lugar en donde co-mencé a escribir segunda crónica, Bahía Agradable, es una base militar en donde a cada metro un oficial inglés  nos remarcaba por dónde se podía transitar y por dónde era imposible. La sensación de sentirse extranjero en nuestra propia tierra resultó, por lo menos, frustrante.

El Reino Unido de la Gran Bretaña lleva tres siglos en las islas en lo que es de hecho un anclaje colonial en pleno Atlántico sur, a una hora de vuelo desde Río Gallegos, Santa Cruz, y a unos 20 minutos de avión si se parte desde Tierra del Fuego.

La sala del aeropuerto militar en donde nos hicieron esperar está rodeada de cuadritos de pingüinos y un mapa fechado en 1760 que da a nuestra Patagonia como región chilena y a nuestras Malvinas como parte integrante de esta posesión territorial imperialista en pleno siglo XXI.

Todo matizado por el buen humor y el ofrecimiento cortés de degustar café y bebidas gaseosas por parte del vicegobernador Martínez y el jefe de las tres fuerzas armadas británicas en el lugar, Gordon Moules, quien nos invitó con latitas de jugo marca “Tango” con la mano extendida.
Martínez y Moules estuvieron notablemente ansiosos para que la visita periodística de nueve horas finalizara de una vez.

Paul remarcó con media sonrisa ladeada: “Se pueden acreditar con nuestra embajada en Buenos Aires para volver a realizar otras entrevistas aquí; nosotros los recibiremos gustosamente”.

El uniforme de Gordon era azul. Azul es el color de los uniformes ingleses de alta jerarquía. Se paran estoicos en el viento helado. Y siempre, siempre, tienen una sonrisa para decirnos “por ese sitio, no es posible transitar, señor periodista”.

En los alrededores de Darwin, a sólo diez minutos de allí, existe un campo agrícola, cuyo propietario isleño se negó a colaborar con la construcción del cementerio porque en 1982 fue detenido por el Ejército argentino por colaboracionista británico.

Allí, dentro del galpón agrícola dedicado a la cría y esquila de ovejas sobreviven frases escritas por conscriptos argentinos en las paredes, en momentos en que soportaron ese frío que cala los huesos y el pánico de sentirse hombres de golpe en una guerra que no eligieron como propia pero combatieron.

Ninguno de nosotros pude visitar ese sitio. Le dije a una oficial británica de trajecito azul impecable y acento londinense que quería desviar el micro para ver esas trincheras de 27 años, pero ella me soltó: “No será posible hoy, señor, usted disculpe”.

La visita fue controlada en todo momento por un fuerte contingente militar inglés uniformado que jamás nos permitió salir del protocolo pactado con los familiares de los caídos en Malvinas.
La idea isleña que se concretó al pie de la letra fue reflejar la trascendencia del acto de homenaje a los muertos argentinos exclusivamente en el cementerio. Ni un centímetro más. Los periodistas fuimos monitoreados de cerca por militares, personal de protocolo británico y bomberos isleños con sus respectivos uniformes y escudos.

Entre los bomberos de anteojos oscuros se contaba Gabriel, un chileno de 52 años que vive allí hace 30 con tres hijos, una esposa, una casa, un buen empleo fiscal pagado en libras esterlinas y dos camionetas modelo 2009.

A pesar de su contradicción interior  –su padre era de El Porvenir y toda la familia comía a diario, gracias al trabajo que conseguían en Río Grande, Tierra del Fuego, donde vive un hermano suyo–, Gabriel no logró evitar las lágrimas frente a este cronista, cuando dos ancianos jujeños depositaron rosarios y cruces sobre la tierra de sus muertos.

Tampoco cuando un padre de 72 años recordó a su hijo desaparecido en el hundimiento del crucero General Belgrano.

La policía isleña llevó uniformes blancos y chaquetas amarillas fosforescentes y estuvieron apostados cada quinientos metros en las rutas de ripio.

Fuimos extranjeros de hecho durante todas esas horas. Nos hicieron sentir así. Aunque con amabilidad, claro.

Al aterrizar nuestro avión charter en suelo de Malvinas, a las ocho y veinte de la mañana del sábado, el vicegobernador Martínez tuvo una frase desafortunada. “La relación entre nuestros gobiernos pasa por un momento difícil”, espetó, arrepentido al instante de sus dichos, contrariado por siete periodistas argentinos.

Luego agregó que se llevaban “mejor” en la década de las “las relaciones carnales” del ex canciller de Carlos Saúl Menem, Guido Di Tella.

“Usted calificó la relación como ‘difícil’. ¿Cómo analiza el reclamo argentino para tratar de una vez la soberanía de estas islas?”, pregunté.

La cara redonda del simpático Paul enrojeció, y entendí algo así: “¡Oh!, nosotros no creemos oportuno hablar de esou”.

Falta un mes para que haya elecciones en las islas y nadie quiso salirse del corsé diplomático.
A pesar de los escollos, el viaje a Malvinas fue absolutamente conmovedor para todos los argentinos que estuvimos allí. Reinó el silencio patagónico y el viento dominante. Hubo abrazos, llantos, diálogos fraternales entre los familiares, con la presencia en todo momento –hay que decirlo– de Martínez y Moules, quienes soportaron el frío y el discurso en tono patriótico del titular de la comisión de familiares, Héctor Cisneros. “Los isleños se oponen a discutir la soberanía, pero eso no impidió que nos sentemos a conversar para realizar este homenaje, en este sitio para poder llorar sobre la tumba del que se ama. Pudimos hacer a un lado las diferencias para cerrar las heridas del pasado”, manifestó Cisneros, con su voz grave de tinte castrense.

Cuando finalizó la ceremonia, presidida por el cura local, Peter Norris, y el párroco santiagueño Santiago Combín –especie de erudito de las iglesias en las Malvinas–, quien formuló un discurso más reivindicador para quienes “murieron defendiendo la tierra argentina, nuestra patria”, y pidió recuperar ese heroísmo frente a otras deudas como la necesidad de convertir a la Argentina en un país “justo y solidario”.

Pocos minutos después, los más creyentes se acercaron al altar para comulgar y volvieron con los ojos llenos de lágrimas. Hubo un frío impiadoso que trastrocó en un viento feroz por la tarde.
Dos mujeres, que perdieron a sus esposos –militares de carrera–, se abrazaron en el centro del cementerio y un oficial inglés las saludó con afecto. Posaron para la foto.

“Nadie habla de las mujeres, las madres, yo tuve que criar a mis dos hijos sin padre, y mi hija que ya tiene 31 años todavía cree que volverá su papá que es un viejito de barba blanca, pero él está muerto acá, en estas islas, y ella no se resigna”, me dijo la señora chaqueña, con un dolor encima que quiebra el alma.

Su amiga la sostiene del brazo. “Mi hijo es el único sanjuanino que está acá, porque es un héroe que vino a defender a nuestra patria y perdió la vida en el intento, por eso es importante este reconocimiento en Darwin”.

Después, el llanto. El llanto dominó todo el día y se hizo noche en Malvinas.

El sello de mi pasaporte asegura que estuve en “Falklands” el 3 de octubre de 2009. Pero yo me sentí en otro sitio. “Este lugar es más nuestro que nunca”, me dijo Alberto, voluntario de avanzada de la comisión de familiares.
Y es cierto.

Fotos: Juan Alonso.

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