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"En las Islas Malvinas, los caminos son de ripio..."

Crónica de un día en las Islas argentinas, a 27 años de la guerra

Por Juan Alonso


La historia de Sebastian, el cuidador argentino del cementerio de Darwin, suena demasiado simple. Su padre se casó con una isleña y él repitió el mandato de la sangre.
“Mi esposa es isleña, mis hijos nacieron acá, yo les propuse a los familiares cuidar las tumbas por un precio razonable”, me dice Sebastián, apoyado en su camioneta 4x4.
Por esa labor gana el equivalente a unos diez mil doscientos pesos, lo mínimo que factura un malvinense para sobrevivir en el frío sur.
La mujer de Sebastian también trabaja como empleada y dicen que viven bien. “Acá la mayoría de las personas tiene dos camionetas”, argumenta el hombre, nacido en Quilmes.
-¿Cómo es ser argentino y vivir en Malvinas?
-Nada del otro mundo, es lo mismo que vivir en Londres o en la China.
-No, no es lo mismo.
-Bueno, depende como lo veas…
Los caminos de Malvinas están hechos de ripio.

Veo un pato, dos patos en la ruta y más allá ovejas y corderitos. La policía con chaleco brillante. Oficiales mujeres rubias de porte grandote. “Señor, por favor, no pise el césped y respete el cerco para la prensa”, señala una oficial de la Fuerza Aérea británica de impecable trajecito azul, correcta y tajante hasta la exasperación.
Somos tratados con cortesía, pero las señoras de azul están algo nerviosas. Nunca han visto a tantos argentinos juntos con cámaras y grabadores.  
Gabriel es chileno y tiene 51 años. Habla bajo. Dice que es fueguino de Porvenir y que su padre solía cruzar a la Argentina para poder darle de comer a sus hijos.
Gabriel es un bombero chileno de las Islas Malvinas. En las islas viven algo más de dos mil civiles y, por lo menos, mil militares. El diez por ciento de los civiles es chileno.
El PBI acá es de 25 mil libras por habitante.
Gabriel  tiene tres hijos: uno londinense, otro isleño y el más pequeño de cinco años, chileno. Mientras me cuenta cómo sobrevivió a la Guerra del ’82,  se quiebra y llora. Su compañero calvo, con pinta de hombre rudo, baja la mirada avergonzado por la congoja que se contagia en el aire. Y es que duele Darwin. 
Ambos son bomberos, pero el pelado es nacido aquí.
No quiso hablar. “Entiéndelo, hay heridas que nunca cierran”, lo excusa Gabriel.
-¿Qué le sucedió en la Guerra?
-Hace 30 años que vivo aquí. Me salvé porque mi hermano se casó y yo fui el padrino de la boda. Estalló el conflicto y me quedé viviendo un año en Chile.
-¿Crees que algún día el conflicto se resolverá?
-No, eso es imposible. Las dos partes tienen posturas fuertes y nadie cederá.
Un albatros negro pasa rasante.
La sombra se extiende como una babosa por el agua escarchada.  
Entonces, la angustia se posa en el esternón de todos los que viajamos en este día  histórico y lúgubre. Dicen que el termómetro marca 5 grados bajo cero. Pero la anciana se inclina sobre el rosario blanco y besa la tumba de un soldado.
“Con Di Tella nos llevábamos mejor”, disparó el vicegobernador de las islas, Paul Martínez, asomando su cara redonda y estirando el cuello adentro del micro en donde viajamos siete periodistas argentinos.
Más tarde, edulcoró el comentario es español, aduciendo que desconoce si continuarán las visitas al campo santo en Darwin, dominado por una enorme cruz blanca.
“Nosotros no sabemos cómo va a ser el nuevo gobierno, hay elecciones el 5 de noviembre”, arguye Martínez.
Poco le importa todo esto al padre de un cabo segundo del Crucero General Belgrano. “Desaparecido con presunción de fallecimiento”, le dijeron a este hombre de 72 años, que tiene una taza de te blanca y me dice, mirándome con los ojos más tristes que he visto en años: “Entonces, no puedo cerrar la herida, es una herida que nunca cerrará. Porque al no entregarme el cuerpo de mi hijo, siempre está esa lucecita de esperanza…”.
Y llora en silencio, quejido agudo en el viento helado.
Gabriel, el bombero chileno, es testigo de la escena.
Sí, los caminos de Malvinas son de ripio.
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