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Un fenómeno que crece: Los Adultecentes

Rompiendo con las costumbres de sus padres, muchos adultos disfrutan sin prejuicio de actividades consideradas para niños, como los peloteros. Según los especialistas, permanecen en una "infancia emocional".

Por Leandro Filozof (Revista Veintitrés)
Sábado 23 hs. en Av. Corrientes al 4900. Un grupo de hombres y mujeres entra a un local y se ubica en las distintas mesas. Uno abre un vino, otro una cerveza, se ponen a charlar. El paisaje es igual al de cualquier bar de la noche porteña… hasta que una voz dice: “Ahora, los invito a todos a sacarse las zapatillas y entrar al pelotero”.

La mayoría se miró con desconfianza. Un valiente entró primero, trepó a las alturas y se sentó sobre un helicóptero, maniobrando las palancas, mientras sus amigos le sacaban fotos. Después fueron entrando los demás, uno tras otro, hasta que las mesas quedaron vacías. Saltaban en las colchonetas, se tiraban pelotas y avanzaban por los túneles. Cuando Andrea, la animadora, dijo que “hoy todos tenemos cinco años”, nadie pareció sorprenderse.

Lejos de ser una rareza, festejar un cumpleaños de personas adultas en un pelotero es algo cada vez más común para un nuevo sujeto social: el “adultescente”, que se caracteriza, también él, por ver dibujos animados, coleccionar muñecos, jugar con consolas y hacer de sus habitaciones un santuario dedicado a equipos de fútbol, juguetes y otros objetos de su fanatismo. Todos tienen más de 20 años y son un ejemplo de que las fronteras entre las generaciones cambiaron y también los supuestos sobre lo que se debe y se puede hacer a determinadas edades. Hoy existe una oferta de actividades y productos para “kidults” –el nombre que le dieron los expertos en marketing en los Estados Unidos– que fomenta y genera un mercado del que antes, se suponía, los adultos estaban excluidos.

 

Sebastián Caracciolo es uno de los tres amigos que festejaron sus 28 años en el pelotero. “Cuando contamos que lo queríamos hacer acá, todo el mundo se prendió –dijo–. Hasta mi papá. Lo habíamos planeado para cuarenta personas y vinieron como ochenta”.

“No nos dio vergüenza decir que festejábamos en un pelotero –aclaró Claudio Berrini, gerente de ventas de una exportadora de productos ópticos, también homenajeado–. Las generaciones fueron cambiando: nosotros nos juntamos a jugar a la play. Uno de nuestros amigos, para su cumpleaños en su quinta, alquiló un ring inflable y al costado puso una barra libre”.

Las fiestas en peloteros para adultos, que se realizan a la noche, con ratos libres para jugar a los fichines, pero también cuentan con una mini-disco para los que quieran bailar un rato, surgieron “por la pregunta de los padres que traían a los chicos y participaban en sus juegos”, contó Marcela Rey, gerente de Mundo Mágico. “Hoy tenemos como mínimo una fiesta por fin de semana con gente de todas las edades, incluso muchos de 50 años”, dijo.

Federico, de 30 años, llevó a su hijo a la fiesta. Y reflexionó: “A mi viejo le parecería incomprensible que la gente venga acá, para él, uno de 30 tiene que olvidarse de jugar a cualquier cosa. ¿Pero cuál es el problema? Venís acá un rato y te cagás de la risa. Yo con mi hijo aprovecho y juego con los Playmobil o a la Play Station. Además, colecciono muñecos de Star Wars y miniaturas, y los domingos manejo un club de rol. Y no me choca: la barrera es más cultural que otra cosa”.

Tomás B., autor del blog soncosasmias.com (donde firma como “Capitán Intriga”), coincidió: “Tengo 27 años. Mi papá, a mi edad, tenía cinco pibes, vivía de traje y usaba maletín. Yo colecciono muñecos de los chocolates Jack y no me siento un boludo si alguien entra a mi casa y los ve al lado de los libros de Filosofía. Doy clase en universidades privadas con ropa comprada en Palermo: nadie te va a mirar mal porque tengas un pin. Incluso Wanama y 47 Street tuvieron colecciones de ropa con dibujos de Star Wars y de Hello Kitty: hoy, eso está permitido.”

La médica psicoanalista Virginia Ungar, especialista en niñez y adolescencia, hizo una descripción del fenómeno: “Se prolonga el período de dependencia de los padres por factores singulares externos y porque el mundo resulta hostil a la posibilidad de un proyecto personal. En nuestro país, por lo menos, es muy difícil, en la clase media, que un joven de más de 25 años pueda subsistir por sus propios medios. Frente a este panorama, los así llamados adultescentes, a los que prefiero denominar latencias prolongadas, son chicos que han quedado fijados en el mundo de los niños-en la familia. Son adolescentes o adultos jóvenes desde un punto de vista cronológico, pero aún permanecen en la infancia en un sentido emocional”.

Las consolas de videos juegos, que en otras épocas se suponía eran solo para chicos, hoy son una opción de sábado a la noche para los adultos que se juntan en una casa hasta la madrugada jugando torneos de Winning Eleven. “Con mis amigos tenemos 30 años y nos seguimos juntando a jugar a la play –cuenta Mauro, abogado– y a ver Los Simpsons. Ya empezamos a tener hjos y nos gustan sus juguetes más que a ellos: me encantan las estaciones de servicio gigantes o los camiones con autos arriba. También me prendo mirando Manny a la obra, un dibujo de Discovery Kids muy entretenido”. Como Los Simpsons, Padre de Familia y Papá Americano son dibujos destinados a los adultescentes.  Pero también hay ofertas en el cine. Muchas de las animaciones hoy en día están dirigidas a un público también adulto: las sagas de Shrek y La Era del Hielo. También están las películas protagonizadas por y para pendeviejos como Virgen a los 40 – sobre un kidult de esa edad que colecciona muñecos, gasta la consola de videojuegos y aún no tuvo relaciones– o Soltero en casa –un hombre de más de 30 que vive todavía con sus padres, quienes quieren independizarlo por la fuerza–.

Cuando no se trata de los casos extremos que refleja el cine, la psicoanalista Ungar aclaró que el fenómeno –al que agrega el auge de los chats por Internet, que permiten “jugar” a ser diferentes personajes sin darse a conocer– tiene un aspecto positivo: “El borramiento de las barreras generacionales ha traído ciertos beneficios. En los adultos se puede ver una mayor actitud lúdica. El lenguaje natural del niño es el juego. A medida que el desarrollo avanza, esta actividad se sustituye por el predominio de la fantasía, de los ensueños diurnos: es el área de la creatividad. Mantener un espacio de juego en la mente nos permite a los adultos conectarnos con la posibilidad de crear del modo que a cada uno le sea posible”.

Algunos que podrían encuadrase en las características de los adultescentes, se resisten a ser etiquetados: “Lo de los kidults es un nombre comercial. En una sociedad avanzada o con mente amplia, el concepto es totalmente desubicado –dijo Gerardo, dueño del local de comics y muñecos Camelot–. El género fantástico es atemporal y para todas las edades. Los que hacen muñecos o escriben comics son artistas auténticos y considerados como tales en el mundo. Exponen en galerías y venden a precios muy altos. Se ven dibujos en portadas de discos de rock, como los de Liniers. Yo tengo 42 años y cuando empecé, veinte años atrás, me miraban como si fuese un freak. Hoy, por suerte, se fue abriendo”.

Hace dos décadas, Raúl Portal impuso la palabra “pendeviejo” desde el magazine nocturno Notidormi: “Era un programa infantil para adultos, y el término cuadraba perfecto. En esa época, tenías cuarenta años y ya eras una momia. Ahora es más común que los viejos hagan cosas de pibes. Yo todavía conservo las ganas de divertirme, como no tengo la válvula del papelón me subo a la calesita sin ningún problema”.

Los Auténticos Decadentes homenajearon al “Pendeviejo” en su disco Sigue tu camino, con un estribillo que resume a la perfección la idea: “Quiero ser un pendejo, aunque me vuelva viejo, que no se apague nunca, lo que yo llevo dentro”.

María Ligia Rossello, una empleada administrativa contable de 28 años, aclaró: “No dejamos de ser responsables por hacer cosas de chicos. En estos momentos tenemos nuestra independencia económica y podemos costear cosas como pasar un sábado a la noche en un pelotero, que cuando yo era chica no existían. Pero el lunes igual voy a trabajar, a la facultad y cumplo con mis obligaciones: no me quedé en los 15”. A su lado, Edgardo agregó: “Hay que vivir como niño, que es la parte más pura que tenemos. Así uno está menos tensionado, es más feliz”.
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