HISTORIAS EN CARNE VIVA

Pastor perverso: primero predica y después ataca

El discípulo del pastor Giménez que maltrataba a su esposa en terapia intensiva, está suelto. La increíble historia del predicador que esclavizó a sus fieles, engañó a su familia y golpeó a sus hijas.

Segunda parte

Juan Marcelo R. fue discípulo del predicador Daniel G., el “castigador”. Según consta en la actuación judicial, este testigo participó del culto durante 4 años. No sólo dice haber visto el castigo del predicador a su mujer “a quien tenía amenazada para que no diga nada”, sino que recuerda “como Belén (su hija) tenía un hematoma en un ojo y una lesión en su mano por los golpes recibidos”. El pastor G. no es el único caso de abuso de poder. Se sabe que la iglesia, ese micromundo tan cerca del cielo y del infierno, ostenta dinero, reconocimiento y poder.

Antes de descubrir mi vocación por el periodismo, hace unos veinte años, trabajé en acciones sociales en varias iglesias, la mayoría evangélicas (nunca me gustó el oficialismo). Lo hacíamos con mi familia y con amigos. Incluso mis primeros pasos en el periodismo fueron en una editorial religiosa: allí descubrí mi pasión por la investigación (tan prohibida en ese mundo vertical). No había que ser perspicaz para observar el comportamiento de algunos diáconos, pastores y laicos que tras el manto de piedad abusaban de sus feligreses. Mano de obra barata y evitar “la contaminación” eran proclamas de sectarismo, lejos del universo, “del mundo del pecado”.

A los jóvenes les sugerían cómo y con quienes ponerse de novios y a las familias cómo administrar su dinero so pretexto de ayudarlos en su economía. Todos debían separar el diezmo y la ofrenda de acuerdo al mandato bíblico.


Es cierto que no todo ese dinero va a los bolsillos de los pastores que deben comandar iglesias sin subvención oficial. Sostienen comedores infantiles, ayudan a recuperar a adictos y otras tantas acciones indispensables cuando falta el Estado de bienestar. El problema no es la actividad solidaria del grupo, sino el líder mesiánico: el poder corrompe al hombre y el poder absoluto, lo arruina todo.

Cuando la iglesia oficial se alejó de la gente que observó el descrédito y la vinculación con las mafias, los delitos sexuales y otros cuestiones noc santas, el protestantismo inspirado por Lutero en el siglo XV (en contra de las indulgencias católicas) tuvo su versión latinoamericana siglos después: miles de evangélicos colmaron las calles, surgieron los pastores electrónicos y de los otros. El trigo y la cizaña se entremezclaron y en el cambalache cuesta distinguir a los buenos de los malos.

En ese contexto Daniel G. (que había probado el agua bendita del pastor Giménez –ver nota anterior-) se alejó de las calles, de “su actividad como viajante de comercio” y tuvo la oportunidad de ostentar su propia iglesia. Pero la violencia emergió cuando el proyecto del rebaño propio mostró sus fisuras. Y el pastor empezó a desquitarse en su casa: uno de los testigos recuerda que “G. entró a su casa con otra mujer y fue testigo de las golpizas que les daba a sus hijas a quienes mandó a lo de una vecina”.

Varios miembros empezaron a “sentirse defraudados” por el hombre que hacía un trecho de lo dicho. A la tarde predicaba a favor de la familia y a la noche llevaba mujeres a su casa mientras su esposa estaba en el hospital de General Rodríguez a causa de sus palizas con olor a alcohol.

G. explicaba la internación de su cónyuge como “un juicio de Dios”. Prohibía que la visitaran “para evitar contaminarse y hacía escándalos en el nosocomio cuando la asistían” porque decía que tenía que soportar el castigo de Dios. En la causa se detalla que “la Sra. R. ingresó en terapia intermedia, pero empeoró y debieron trasladarla a terapia intensiva, donde pasó sus últimos días”. Antes su esposo “se presentó en el hospital para exhibirle a la moribunda su nuevo anillo de boda (..) lo hizo para angustiarla más”, declaró otro testigo que recuerda que el predicador se puso de novio con una chica de la iglesia.

En el velatorio amenazó a los presentes diciendo que “esta muerte era un juicio de Dios y que les pasaría lo mismo a todos los que le desobedezcan”. En la causa se dice que éste “contrajo nupcias y organizó un festejo con gran cantidad de gente mientras su esposa agonizaba”. Entonces volvió a golpear a sus hijas frente a sus feligreses porque ellas se negaban a participar de la fiesta: “Belén (la tenía de punto) sufrió la golpiza de su padre con el cinturón”.
Sandra Adia es otra testigo que dice que “participó del culto durante cuatro años”. Califica al pastor como “sometedor, castigador”. Dice que “el señor G. tenía el convencimiento de tener un poder divino con el que atemorizaba a la gente”. Recordó que vio el maltrato que sufrió su esposa “internada que se le caía el pelo, estaba muy delgada, tenía piojos y no podía hablar (..) sus hijas María Belén y Daniela lloraban al borde de su cama”.

Por estos días el pastor se autoproclamó “apóstol”. Y a los delitos de violencia, sobrevinieron los económicos. En la causa se dice que “G. le hacía firmar a varios miembros de la congregación documentos de compraventa de terrenos”. “Notó (la testigo) que el señor G. se estaba enriqueciendo con el culto, al igual que se empobrecían sus seguidores a los que instigaba si no le hacían caso”.

A estas declaraciones se sumaron otras víctimas que perdieron todo. Y la iglesia de naipes comenzó a derrumbarse cuando el juzgado de Moreno intervino por el maltrato a sus hijas y se dio intervención a la justicia penal.

Ángel Oscar es empleado administrativo y entró en la congregación en 2001. Fue uno de los últimos ayudantes y testigos del pastor al que calificó de “sicótico y esclavizante”. Confiesa que al principio recibió ayuda “en un momento crítico de su vida porque había fallecido su hija de dos años y medio”. Y que un amigo suyo le “había recomendado ingresar al culto para canalizar su angustia”. Ángel puso demasiada fe Daniel G. que lo dejó en bancarrota. Recuerda que “el pastor le contó que le había partido un palo de escoba en la cabeza de Belén (su hija) para disciplinarla”. Ángel también declaró sobre el movimiento de propiedades de compra y venta del predicador que “se comportaba con avaricia utilizando al culto como pantalla para enriquecerse diciendo que todo lo que él decía y hacía era agradable para Dios”. Pese a las pruebas y a los testigos, el pastor G. sigue libre. Tiene una iglesia y predica sobre el cielo. Sus testigos ya tuvieron su infierno y esperan justicia en esta tierra.

Periodista. Cronista del Programa GPS. Especial para 24CON
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Le dicen "el gurú del infierno" y es discípulo del famoso pastor Giménez. Si las mujeres se negaban a tener sexo, las acusaba de "poseídas". Abandonó a su esposa cuando ésta enfermó gravemente, después de pegarle y maltratarla. La increíble historia del predicador que esclavizó a sus fieles.
Un pastor se creía Cristo y abusaba de las mujeres