San Isidro

El forjador de la conciencia nacional

En voz de su nieto Martín, un repaso por la vida de Raúl Scalabrini Ortiz, el incansable defensor de los intereses nacionales.

Por Atahualpa Puchulu

“Fue por motu propio que decide suicidarse social y culturalmente”. El que habla es Martín y cuenta el momento en que su abuelo Raúl Scalabrini Ortiz, adhiriendo a la revolución de Paso de los Libres de 1933, decide renunciar al prestigio del que gozaba dentro de la intelectualidad literaria argentina, que había ganado con su libro “El hombre que está solo y espera”, para seguir el camino del compromiso intelectual y ser un militante de la patria.

Mañana se cumplirán 50 años de la muerte de Raúl Scalabrini Ortiz, uno de los pensadores más lúcidos para entender la historia argentina del siglo XX. Fue un agitador imprescindible que con sus escritos delató, de manera incansable, los artificios con los que Gran Bretaña, imperio de aquellos años, sumió al país en una semicolonia.

 

Pudo ser un literato de la aristocracia argentina. Incluso, pudo tener una carrera prominente como boxeador después de ser campeón metropolitano amateur de box de peso liviano en 1920. Pero eligió ser el fiscal de la política económica británica que, en nuestro país, dejó funestas consecuencias.
 
Su participación en la revolución  radical de 1933 le significó la cárcel de Ushuaia o el exilio. Scalabrini Ortiz, eligió lo segundo. Pero antes de marchar se casó con quien lo acompañaría toda su vida: Mercedes Comalera. “Estando detenido, Scalabrini decide casarse con mi abuela. Es más, en la libreta de casamiento, figura la dirección de Moreno 1551 que es donde estaba la central de policía en la que estaba preso”, afirma Martín que lleva el mismo apellido de su abuelo.

Una vez exiliado en Italia, realizó sus primeros estudios y escritos, que luego publicó en Alemania. Son cinco artículos donde empieza a desentrañar la ominosa política británica en el Río de la Plata. “Cuando vuelve a fines del ‘34 -cuenta Martín- se une a FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina). Allí conoce a Arturo Jauretche, Homero Manzi y Luis Dellepiane, entre otros, todos radicales yrigoyenistas desencantados de la política de tinte conservador de Marcelo T. de Alvear. En FORJA publica los legendarios cuadernillos donde demuestra, que por entonces, los ferrocarriles son un arma de dominación de reino británico. Esos cuadernos darán origen a sus libros ‘Política Británica en el Río de la Plata’ (1940) ‘Historia de los ferrocarriles argentinos’ (1940)”.

En el año 1943 acude a una reunión donde conoce a una persona que está adquiriendo mucha importancia: Juan Domingo Perón. Avizorando la incipiente popularidad de ese hombre, Scalabrini Ortiz envía a una persona para que le entregue un  papel escrito: “Coronel le vamos a pedir los trencitos”, haciendo referencia a la nacionalización de los ferrocarriles. “Ese encuentro se vuelve a repetir ya con Juan Perón como presidente, que le contesta que tenga paciencia. Evidentemente, mi abuelo ya veía que el peronismo estaba poniendo en práctica las ideas que habían desarrollado en la década del ‘30 con FORJA. Tal es así que ese grupo se disuelve en el ‘45 frente a la aparición del peronismo”. 

En la fecha del 17 de octubre de 1945, Scalabrini adhiere con entusiasmo a ese movimiento que se dirigió a pedir la liberación de Juan Perón. Dejó constancia en un texto que aparece en su libro de poesías y ensayo “Tierra sin nada, tierra de profetas” (1946): “Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el substrato de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la nación que asomaba como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto…”.

Sin embargo Raúl Scalabrini Ortiz nunca se afilió a ningún partido, ni aceptó cargos públicos. “A Scalabrini hay que entenderlo dentro del pensamiento nacional, sin contaminaciones ideológicas foráneas -dice Martín-. Era difícil que estuviera encuadrado en una estructura partidaria, por que adentro hay que seguir ciertos lineamientos. Él quería mantener una libertad de pensamiento que le permitiera generar crítica o no, desde lugar donde estuviera. Le ofrecieron ingresar como ejecutivo de los ferrocarriles argentinos en la época de nacionalización pero lo rechazó, como rechazó cualquier cargo en realidad”.

 

Participó de la resistencia peronista después del golpe del ’55. Y, dirigiendo la revista partidaria “Qué”, apoyó a la Unión Cívica Radical Intransigente, convencido de que Arturo Frondizi podía significar el regreso a las políticas industrialistas y nacionalistas. Sin embargo, meses después presentó su renuncia desencantado cuando llegaron a sus manos, de manos de un obrero, los verdaderos contratos petroleros firmados con las empresas multinacionales, debido a que los que le habían alcanzado en un primer momento eran apócrifos.

A finales del 1958 ya no tiene apariciones públicas. Está recluido y enfermo de un cáncer de pulmón. Martín lo relata de esta manera: “En uno de esos días recibe una carta de un paisano entrerriano que le pide a mi abuelo que, frente a las políticas petroleras de Frondizi, hable, se manifieste, y le pregunta si su silencio es una traición a la patria. Scalabrini Ortiz lee detenidamente la carta. Pero lo único que puede hacer es retraer su angustia, aguantar sus emociones, retener sus lágrimas. Por que si Scalabrini Ortiz estaba en silencio, si Raúl Scalabrini Ortiz callaba, era porque se moría. Ya no tenía fuerza para poder denunciar nada”.

En mayo de ese mismo año fallece a los 61 años.
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