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Fútbol y política: de Angelici a Ameal, del negocio a la gloria deportiva

Después de una gestión que terminó en diciembre, la política del xeneize apuntó hacia aires renovados. El motorpsico azul y oro al desnudo. El diván, y la epopeya de cómo resurgir de las cenizas.

Rondando las 23 del sábado, Boca se consagró campeón de la Superliga Argentina de Fútbol, al vencer a Gimnasia y Esgrima La Plata por 1 a 0.

En en corazón geográfico del país, deslizado hacia el norte, River, que le llevaba un punto de ventaja, empató 1 a 1 con Atlético Tucumán.

Boca ganó así su primer título de 2020 de una forma casi impensada. Parecía que la epopeya era imposible, contra un River mega ganador. El xeneize venía de meses de capa caída, con un equipo dirigido por Gustavo Alfaro que no convencía, durante la gestión de Daniel Angelici.

Hasta noviembre de 2019 la parábola de Boca era descendente. No sólo se llegaba de la derrota de la Libertadores en Madrid, sino que le siguió una nueva frustración en las semifinales de la Copa del año pasado; los planteos discutidos una y mil veces de Lechuga Alfaro, la identidad perdida, y terminar el año detrás de Argentinos en la Superliga, tras varias e inexplicables derrotas.

Después de eso, o -mejor dicho- durante esos días, River perdió la final de la Libertadores. Esa mueca fue acompañada con el regreso de Riquelme; el triunfo en las elecciones de Jorge Amor Ameal y Daniel Pergolini; la vuelta de Miguel Russo, y tratar de empezar a recobrar el sentido de todo: la mística bostera.

En pocos días, el milagroso Miguel hizo de las suyas. Pasaron un poco más de dos meses. Shampoo en mano, junto a Juan Román y el resto de los ex futbolistas, le devolvieron a un desahuciado plantel ese sentido de pertenencia, de lucha, de garra y de consecuente gloria.

Adquirió una identidad xeneize distinta a la que tuvo -desdibujada- bajo el mando de Alfaro. Tanto fue así que Riquelme, antes de ganar las elecciones, supo declarar: «Hay que admitir que Boca juega como quiere su entrenador». Claro y contundente.

A partir de allí, Russo se cansaba de declarar que de lo único que se hablaba en Ezeiza era de fútbol. Y de ir tras la reestructuración de un Boca que había perdido la identidad xeneize durante el ciclo macrista de Daniel Angelici.

Lo de la noche del sábado fue un hecho inédito en la historia de un Boca Campeón. En la temporada 90/91, Carlos Aimar dirigió el torneo Apertura y luego el uruguayo Oscar Washington Tabárez fue campeón del Clausura.

Alfaro se fue a fines del año pasado. Dejó al equipo un punto debajo de Argentinos Juniors, líder hasta ese momento, luego de caer penosamente derrotado en Rosario, ante Central, por 1 a 0.

Los números del Lechuga fueron: 16 partidos, 8 victorias, 5 empates y 3 derrotas. En consecuencia consiguió 29 puntos. Un 59% de efectividad. En lo que va de la era Russo, ganó seis -al hilo- de los siete partidos dirigidos. Apenas aquel empate en cero ante Independiente.

Es que Russo le sacó lustre a un equipo apagado. Revivió futbolísticamente a Carlos Tévez y consolidó a los colombianos Frank Fabra, Jorman Campuzano y Sebastián Villa en un tridente que hoy parece inamovible de la titularidad.

Alfaro alguna vez había dicho que Carlitos era «el alma del equipo». Sin embargo no jugaba casi nunca. En la noche del sábado resultó ser el goleador y a la vez el autor de la conquista que llevó a Boca -como canta el Indio Solari- «de la nada a la gloria». Así me das más.

En esta jornada del estribo, con River un punto arriba, pocos se animaban a aislar la fórmula matemática de un contexto de múltiples variables. El análisis era: «Por lógica, Boca debería ganarle a Gimnasia. Viene como un tren sin freno, y el Lobo apenas empieza a remontar en su lucha por el descenso».

Del otro lado se decía: «Sí, River es River. Pero no viene bien. Perdió puntos ante Defensa y Justicia, y de local. Encima Gallardo tuvo que pedirle a la hinchada que aliente a los jugadores. Además Atlético, en Tucumán, en una cancha que es un hervidero, no será nada fácil. Un empate no es ilógico».

Y así fue. Quizá la coronación de Boca pudo haber sido parte de la dinámica de lo impensado, una vez más. O quizá no tanto. Y que por una vez, la lógica de las parábolas en el tablero matemático imperó de forma cuasi exacta. El análisis continuará.

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