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La historia del perro condenado a cadena perpetua

La noticia del crimen y su sentencia generaron una enorme indignación.

Orejas caídas hacia atrás y una mirada difícil de interpretar. Podía ser la de un perro serio que no mostraba remordimientos por sus crímenes. O la de uno tierno que esperaba que le dieran su recompensa por posar con un cartel en su cuello. Lo cierto es que se trataba de un criminal. O eso fue lo que todos creyeron.

Pep, un labrador negro, se ganó la fama de asesino de gatos en Pensilvania. Según las noticias de la época, en 1924 fue condenado a cadena perpetua por matar al felino de la esposa del gobernador Gliffor Pinchot. Un crimen que conmocionó a todos y que generó indignación por el calibre de la sentencia.

Los reportes de los periódicos indicaban que Pep no había mostrado ningún tipo de remordimientos por su crimen. Su destino estaba en la Penitenciaría Estatal del Este. La sentencia era firme.

Pero como si fuera una película de suspenso, al animal le habían tendido una trampa.

Pep era totalmente inocente. No había matado al gato, que seguía vivo, persiguiendo ratones, en la casa de Pinchot. Su verdadera ofensa no era más grave que la de masticar los almohadones de un sofá. 

El relato de él matando al gato era totalmente ficticio, hecho por un reportero de un periódico que, aparentemente, se tomó una licencia extra para inventar una historia que justificara la partida de Pep a la cárcel. Y al editor le encantó: decidió seguir adelante, con la foto del perro con la ficha policial. Esa imagen lo tenía todo.

La noticia generó tanto revuelo que, según recordó con el tiempo el hijo del gobernador, su padre recibió miles de cartas sobre Pep y su sentencia.

Lo que no sabían todos esos indignados lectores era la historia verdadera detrás de esa condena.

La Penitenciaría del Este, donde fue enviado Pep. (Alamy)

Pep fue originalmente un regalo del sobrino de su esposa, Cornelia Bryce Pinchot, para el gobernador de Pensilvania. Uno de sus parientes era un criador de Labrador Retrievers.

El can se unió a la familia en el comienzo del primer mandato del gobernador en 1923 y rápidamente se ganó el cariño de todos. Pero apenas unos meses después comenzó a tener el mal hábito de morder los almohadones del sillón de la entrada de la casa y ese fue su boleto de salida.

Pinchot decidió que el perro rebelde tenía que irse y un viaje a una penitenciaría en Maine le había dado la solución perfecta. Pep fue enviado allí pero no como prisionero.

En otras visitas a la prisión, el gobernador había visto perros utilizados como terapia para ayudar a la rehabilitación de los reclusos y pensó que Pep podía ser el candidato perfecto.

No tardó nada este juguetón labrador en convertirse en el favorito de los reclusos.

Pep pasó a ser parte del equipo de la penitenciaría, hasta que unos años más tarde murió por causas naturales. Sus restos fueron enterrados en los terrenos de la prisión.

Su recuerdo y su fama lo ponen como uno de los precursores en la utilización de perros de terapia. Su trabajo fue altamente efectivo: reforzó la moral de los prisioneros y acompañó a los guardias hasta su muerte. Pep, al final, no fue un criminal, fue un héroe.

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