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2017, el año en que el acoso y el abuso se instalaron en la agenda

El escándalo explotó en Hollywood y, claro, con semejante escenario, traspasó fronteras y se globalizó. Pero las mujeres argentinas ya habían empezado a despertar, muchas rompieron el silencio antes de que el efecto Weinstein se multiplicara y denunciaron a figuras del espectáculo y a líderes de bandas de rock

Visibilizar, desnaturalizar, perder el miedo. Desde hace unos años, las mujeres argentinasempezamos a transitar un camino que, aunque tortuoso y desgastante, va encontrando, cada tanto, rosas sin espinas.

Pasaron tres años desde el primer #NiUnaMenos que nos convocó a tomar las calles y no abandonarlas. Caminamos juntas, de la mano, nos abrazamos, nos emocionamos, nos embroncamos, nos amigamos con nosotras mismas y con las otras. Nos hermanamos. A pesar de las diferencias (de método, de acción y, claro, de pensamiento) supimos que, desde distintas trincheras, la lucha había que darla. Y la lucha es contra la sociedad patriarcal.

Nos fuimos educando y deconstruyendo. Rearmando. Algunas más comprometidas que otras, algunas más radicales que otras, pero con un objetivo que se alimenta de cientos de otros de objetivos. Estos que parecen pequeños y a veces hasta insignificantes son los que, de a poco, se van cumpliendo: visibilizar, desnaturalizar las violencias machistas y perder el miedo a hablar, a contar, a denunciar. 

En tu cara, Hollywood

En octubre de este año, la noticia explotó en los medios estadounidenses e inmediatamente se diseminó por todo el mundo: el exitoso productor de cine Harvey Weintein había sido denunciado por acoso sexual por una docena de actrices que sufrieron acoso -y en algunos casos abuso- sexual. Lo que era un "secreto a voces" en los pasillos de la mayor industria cinematográfica se volvió noticia en los diarios de todo el mundo. Estrellas como Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow y Ashley Jud contaron sus experiencias y a ellas las siguieron cientos de actrices (no sólo de Estados Unidos, sino también de países como Italia y Francia) quienes también aseguraron ser víctimas de los acosos y abusos por parte del ex Miramax y fundador de The Weinstein Company.

El escándalo tuvo dos consecuencias inmediatas: por una parte, Weintein fue despedido de su propia compañía por su hermano y los otros tres miembros del directorio. El segundo efecto fue la conformación de #MeToo, el hashtag que, con la ayuda de miles de personas -tanto mujeres como hombres- reveló y viralizó situaciones de abuso y acoso no sólo de Weintein, sino de otras personalidades del ambiente hollywoodense. No sólo cayeron actores como Kevin Spacey (a quien Netflix le rescindió el contrato y decidió que no será parte de la próxima temporada de House of cards), Dustin Hoffman y Steven Seagal, sino también directores como Oliver Stone, y también revivieron viejas acusaciones contra, por ejemplo, Roman Polanski. El hashtag se convirtió en movimiento -en principio, virtual- y traspasó fronteras.

Tal fue la repercusión que la revista Time lo eligió como personalidad del año. Así, las mujeres que "rompieron el silencio" posaron para la clásica tapa anual, en representación de las miles que decidieron no callarse más.

Las mujeres argentinas no nos callamos más

Incluso antes de que explotara el escándalo hollywoodense, en Argentina las mujeres comenzaron a perder el miedo y a visibilizar situaciones de acoso y abuso en el mundo del rock, el periodismo y el espectáculo.

Luego de la conformación del movimiento #NiUnaMenos, los primeros casos más resonantes fueron en 2016: Cristian Aldana, de El Otro Yo, y Migue Del Pópolo, de La Ola Que Quería Ser Chau, fueron procesados por abuso sexual. Aldana cumple desde diciembre de ese año prisión preventiva.

Pero este año, cientos de mujeres despertaron y visibilizaron casos en donde las relaciones de poder (ese poder muchas veces efímero que da estar arriba de un escenario) culminaron en acoso e incluso abuso sexual.

En septiembre, en tan sólo una semana, se conocieron distintos casos en los que se vieron involucrados Santiago Aysine, cantante de Salta La Banca; Gustavo Fiocchi, guitarrista de Utopians, y Martín Marocco, bajista de Sueño de Pescado.

Casi de inmediato a que se viralizaran las acusaciones, tanto Utopians como Sueño de Pescado tomaron la decisión de apartar a los implicados de ambos grupos. Poco más de un mes después, Utopians se disolvió y el mismo camino siguió Salta La Banca (el propio Aysine anunció un "parate momentáneo" y un "largo viaje"). Sueño de Pescado continúa tocando.

Lo más parecido que tuvimos en la Argentina a Weinstein (en una escala mucho menor, claro) fue la denuncia del secreto a voces que circulaba en cada redacción, radio o estudio de tv:Ari Paluch. Bastó que una compañera de piso del canal América24 lo acusara de manoseo, para que varias ex compañeras se sumaran a contar anécdotas desagradables que tenían como protagonista al conductor. Manoseos, comentarios machistas y desatinados, entrevistas nocturnas y con velitas son algunas de las situaciones en los que varias mujeres dejaron al periodista en claro offside.

Por el escándalo viralizado, Paluch se quedó sin la conducción del noticiero de A24 y, además, una decena de mujeres de los medios reconocieron haber pasado por situaciones de acoso en sus lugares de trabajo. Días después parecía que lo mismo había sucedido con el clásico radial El Exprimidor, dado que se rumoreó que Radio Latina no le había renovado el contrato para 2018. Sin embargo, luego de que se calmaran las aguas,hace unos días sorprendió su vuelta al mando del programa.

El siguiente caso que tuvo repercusión más allá de las redes y llegó a la Justicia es el de Calu Rivero, quien acusó a su ex compañero de ficción Juan Darthés de acoso sexual. Calu había deslizado su situación de incomodidad con el actor como razón a la renuncia de la novela "Dulce amor". A eso le siguieron años de hermetismo en los que la actriz hizo silencio. Y terapia. Este año, a raíz de que Darthés decidió judicializar la acusación y denunciar a Calu por "daños y perjuicios", ella decidió hablar.Y lo hizo en una conmovedora carta.

Así, Calu contó -no con los detalles que los morbosos y morbosas hubieran querido- que pasó por una situación de acoso y que le costó mucho tiempo poder rearmarse y vencer el miedo a convertirse de víctima en victimaria. Porque ese es el enfermo costo que también deben pagar quienes se animan y no callan: la condena de quienes siempre optan por poner en duda el testimonio de una mujer víctima y se preguntan en las redes sociales, en las revistas, en los diarios y en la tele "qué habrá hecho ella para que la acosen", "qué tenía puesto" y "por qué no lo dijo antes".

Si es difícil contar un abuso sexual -por el miedo a la revictimización, por la culpa, por los flashes que vuelven una y otra vez, por el terror a que nadie te crea-, habría que pensar cuán arduo es contar un acoso: una situación en la que, probablemente, no haya testigos. Un instante en que una siente, percibe que la están acosando pero no podría explicar bien por qué, porque, justamente, es una sensación. Una mano en el hombro que una sabe, presiente, está segura de que no es de compañero de trabajo copado. Una mirada intensa que la desnuda por completo y sólo una vio, sintió, percibió.

Por eso, es tan saludable como placentero que, aún contra todos los miedos, aún contra esos y esas que siempre nos jugarán en contra, el acoso y el abuso hayan llegado a la agenda para instalarse. Y para no irse nunca más.



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