Durante quince años llevé conmigo una pregunta que nunca me dejó en paz: ¿Cómo puede alguien desaparecer después de haber destruido la infancia de una niña de 11 años, abandonar a sus propios hijos y permanecer tantos años fuera del alcance de la Justicia?
Yo era una adolescente cuando comenzó esta historia. Con los años entendí que aquella denuncia no era el final de una pesadilla, sino apenas el comienzo de una lucha que iba a atravesar mi vida entera. Mientras él se escondía, yo crecía. Mientras los años pasaban, yo seguía buscando. Y sin saberlo, aquella búsqueda iba a llevarme mucho más lejos de lo que jamás imaginé.
En 2009 tenía apenas 13 años. Mi hermana tenía 11. Ese año nuestra familia quedó atravesada por una historia que todavía hoy cuesta poner en palabras.
Los hechos denunciados ocurrieron en Puan y tuvieron como víctima de abuso sexual a una niña de apenas 11 años. Fue a punta de pistola 9mm, y en el transcurso de la gestación fue sometida a una práctica abortiva a cambio de un libro de pintar. No lo lograron y como consecuencia de aquellos hechos, mi pequeña hermanita dio a luz siendo todavía una niña.
Una prueba de ADN atribuyó la paternidad a quien en ese entonces era mi padrastro, ALBERTO MARTÍN DEL VALLE con un índice cercano al 99,9 %.
En 2012 llegó un pedido de captura.
Y después comenzó algo que marcaría nuestras vidas durante años: la fuga de DEL VALLE.
Mientras Del Valle permanecía prófugo, nosotros seguíamos viviendo con las consecuencias de una historia que nunca habíamos elegido. Yo también era una niña. Pero recuerdo perfectamente las preguntas, la angustia, las puertas que golpeábamos y esa necesidad permanente de saber dónde estaba.
Con mi mamá buscábamos información. Preguntábamos. Intentábamos reconstruir movimientos, nombres, lugares, vínculos. Usábamos las herramientas que teníamos. Incluso una computadora que pertenecía al colegio terminó siendo parte de aquella búsqueda desesperada.
Muchas veces recibimos una respuesta que todavía recuerdo: “Quédense tranquilas, en algún momento va a caer, ya va ir a votar.” Pero para quienes esperaban detrás de un escritorio quizás los años podían pasar.
Para nosotros, no. Cada año significaba que mi familia seguía creciendo con una historia que nunca debió vivir. Cada año significaba que el hombre que buscábamos continuaba afuera.
Cada año era una nueva oportunidad perdida. Y yo no dejé de buscar. En 2015 creamos el grupo de Facebook “Escrache a Del Valle”. La gente comenzó a colaborar. Aparecieron fotografías, datos, nombres y pistas.
Yo miraba cada imagen una y otra vez. Hacía zoom. Buscaba detalles.
Hasta que encontré uno. En una fotografía aparecía un tatuaje en su mano. Un detalle que podía convertirse en una pista más. Lo aporté. Como había hecho con cada dato que habíamos conseguido.
Durante todos esos años me quedó una pregunta clavada:
¿Realmente lo estaban buscando? En 2025 decidí que necesitaba conocer la respuesta.
Hasta ese momento había sido docente de nivel inicial. Conocía las infancias desde otro lugar: sus necesidades, sus vínculos, sus miedos, sus aprendizajes. Pero comprendí que para entender qué había pasado con aquella causa necesitaba conocer el lenguaje de la Justicia.
Por eso estudié Derecho. No fue solamente una elección profesional. Fue una decisión profundamente personal. Habian 2 historias en mi familia que necesitaba conocer , la de un hermano paterno (pude resoverlo) y la de mi hermana . Ambas cargadas de injusticias e infancias rotas.
Quería entender el sistema que durante tantos años había observado desde afuera. Quería saber qué había pasado con aquella investigación. Quería comprender por qué los años habían pasado y Del Valle seguía sin ser encontrado.
Finalmente me matriculé. El 28 de abril de 2025 tomé vista de la causa.
Y ese día entendí que estudiar Derecho no me había preparado para una cosa: leer las palabras de mi propia hermana cuando tenía apenas 11 años. Porque una cosa es estudiar un expediente.
Y otra muy distinta es descubrir que detrás de cada foja está la infancia de alguien que amás.
Esta vez no estaba frente a la causa solamente como hermana. Estaba como abogada. Y decidí que ya no iba a limitarme a esperar.
En 2026 la búsqueda volvió a tomar fuerza públicamente. Seguimos reconstruyendo información, siguiendo pistas y difundiendo su rostro.
Del valle se paseo por toda la provincia de bs as , asistía como colaborador en merenderos y comedores donde hay niños, un potencial peligro para las infancias .
23 de agosto de 2026. Del Valle fue localizado y detenido en Florencio Varela después de casi quince años de permanecer prófugo.
Pero incluso ese momento tuvo su cuota de incertidumbre. Durante el operativo llegó un mensaje: “NEGATIVO”.
Podría haber sido el final de otra esperanza. Pero yo conocía sus fotografías. Había estudiado durante años cada cambio, cada detalle, cada característica. Pedí una fotografía de su mano. Insistí.
Cuando finalmente llegó, hice lo mismo que había hecho durante años frente a una pantalla: amplié la imagen y busqué aquel detalle que conocía. El tatuaje de su mano. Y supe que era él.
Después de tantos años, la búsqueda había terminado. Pero la historia no.
Después de la captura se abrió nuevamente una discusión jurídica sobre la prescripción de los hechos investigados.
El 28 de agosto de 2026, el juez de Garantías Guillermo Mércuri declaró extinguida por prescripción la acción penal respecto de los hechos de abuso sexual agravado y tentativa de aborto y dictó el sobreseimiento respecto de esos hechos, según la cobertura periodística incorporada a la cronología.
Yo apelé esa decisión en carácter de particular damnificado. La discusión ahora continúa ante la Cámara de Apelación y Garantías de Bahía Blanca. A cargo de los jueces YESARI, BARBIERI Y RODRIGUEZ.
Pero hoy sé que no estoy sola. Esta lucha, que durante tantos años llevé adelante junto a mi familia, hoy también cuenta con acompañamiento institucional. La Fundación Thelma Fardín y el Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires se han incorporado al proceso, aportando su mirada, su experiencia y su acompañamiento en una causa que trasciende a mi familia y que pone sobre la mesa una pregunta que nos interpela como sociedad: ¿qué sucede cuando una niña es víctima y el paso del tiempo amenaza con convertirse en una segunda forma de injusticia?
Saber que hoy hay instituciones comprometidas acompañando este camino me da fuerzas para seguir adelante, porque ya no somos solamente una familia golpeando puertas: somos muchas voces reclamando que la historia de una niña sea escuchada y que la Justicia pueda dar una respuesta.
Y tampoco estoy sola en el camino jurídico. Me acompañan Leonel Báez y Norberto Filippini, quienes han estado a mi lado en el trabajo y la estrategia de esta causa, y recientemente se sumaron el Dr. Roberto Castillo junto a su equipo, aportando su experiencia y compromiso profesional.
Y mientras esperamos una respuesta, hay algo que quiero dejar en claro.
Para mí, esto nunca fue solamente un expediente.
Es la historia de una niña.
Es la historia de mi hermana.
Es la historia de una familia que durante años buscó respuestas.
Es la historia de una adolescente de 13 años que empezó a buscar a un hombre prófugo sin tener las herramientas, sin tener los conocimientos y sin entender por qué aquello que para las instituciones podía ser un expediente más, para nosotros significaba nuestra vida.
Y también es la historia de por qué elegí ser abogada.
Porque durante mucho tiempo pensé que mi lugar estaba afuera, golpeando puertas y esperando que alguien hiciera algo. Hasta que comprendí que también podía aprender a abrirlas.
No me convertí en abogada para vengarme.
Me convertí en abogada porque necesitaba entender.
Porque necesitaba defender.
Defendender a esa niña de 11 años.
Y porque todavía creo que el Derecho puede ser una herramienta para que las víctimas no queden solas.
Hoy miro hacia atrás y veo a aquella niña de 13 años buscando información con los pocos recursos que tenía. Y me cuesta creer que sea la misma persona que hoy puede sentarse frente a un expediente, leer una resolución, estudiar una norma y discutir jurídicamente aquello que durante años solamente pudo sufrir.
Pero soy la misma.
La niña que buscaba sigue estando en mí. Solo que ahora tiene una matrícula.
Y tiene una voz. Durante años nos dijeron que algún día iba a caer.Finalmente cayó.
Pero para nosotros, la historia no termina con una captura. Ahora esperamos que la Justicia vuelva a hablar.
Porque después de casi quince años de búsqueda, lo mínimo que una familia puede pedir es que su historia sea escuchada.
Y yo voy a seguir ahí.
Como hermana.
Como abogada.
Y, sobre todo, como aquella niña que nunca dejó de buscar.
Y cuando ya no me quedaban fuerzas, cuando el cansancio, la impotencia y los años de espera parecían querer convencerme de que bajara los brazos, hubo algo que nunca pudieron quitarme: mi fe.
Fue Dios quien me sostuvo cuando yo sentía que no podía seguir, quien me dio fuerzas para levantarme una y otra vez y continuar caminando cuando el camino parecía interminable. Creí aun cuando no veía respuestas.
Seguí aun cuando todo parecía perdido. Porque entendí que hay batallas que no se libran solamente con leyes, expedientes y argumentos: también se libran con fe, con perseverancia y con la certeza de que Dios conoce la verdad. Hoy sigo de pie porque sé que Él estuvo presente en cada paso, incluso en aquellos momentos en los que no podía verlo.
Y mientras Dios me dé fuerzas, voy a seguir luchando. Porque esta historia todavía no terminó.
Esta lucha también se transformó en una propuesta concreta: impulsé el Proyecto de “Ley Segovia”, que propone modificar el artículo 67 del Código Penal para que la fuga o el estado de rebeldía del imputado tenga un efecto concreto sobre el cómputo de la prescripción.
La finalidad es evitar que quien se sustrae voluntariamente de la Justicia pueda beneficiarse del paso del tiempo mientras permanece prófugo, haciendo que el transcurso de los años termine jugando a su favor.
La propuesta busca establecer una regla clara: la persona que se fuga no puede pretender que el tiempo transcurrido mientras evade la acción de la Justicia opere en beneficio de la prescripción.
El Proyecto de Ley “Segovia” nace de una experiencia concreta, pero busca convertirse en una herramienta para que ninguna otra víctima tenga que enfrentarse a una espera interminable mientras la persona buscada permanece fuera del alcance de la Justicia. Porque la prescripción no debería transformarse en un premio para quien decide fugarse.
Esta historia todavía continúa, y quienes quieran acompañarla pueden seguirme:
@ALERTA_BUSQUEDA_ACTIVA
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Donde comparto las novedades de la causa y de este camino que decidí emprender.