Dejó a su mujer por una piba del colegio que buscó en FB

Viviana sabía que Juan Cruz la engañaba. Un noche se destapó la olla y la situación explotó. El Facebook, un punto de inflexión.

Viviana Cáceres cayó en desgracia hace más o menos dos años. No recuerdo en qué mes se divorció de Juan Cruz, pero sí que sus problemas maritales comenzaron apenas unos días antes.


Fue por la tarde. Él había cerrado la veterinaria tipo siete, como siempre, y había llegado a su departamento de Morón veinte minutos más tarde. Ella lo esperaba con mate y tostadas, la tele encendida, los platos sucios, el gato sobre el sofá, y la paciencia por el piso.

La noche anterior habían discutido fuerte:

          -¿Por qué me eliminaste del Facebook?- soltó al pasar Viviana.

           -Así respetamos más la intimidad de cada uno, es una boludez lo del Facebook – pormenorizó, quedó en silencio, y luego los dos sacaron con todo los trapitos al sol.

Hubo un estallido inmediato, como si fuera un vendaval de gritos y acusaciones cruzadas. Con mezcla de celos, reproches y profundos rencores, hasta voló una cachetada que aterrizó duro en la mejilla de Juan Cruz y que hizo de punto final en la pelea.


La situación no estaba para nada bien. La eliminación del Facebook, insólitamente, había sido el punto de inflexión, pero no el único. Viviana, según me contaron después amigos que tenemos en común, le dejó en claro que ella sabía todo. Le destapó la olla.
 
           -Vos que te pensás, que soy pelotuda, que no sé que te hablás con la mogólica esa amiga tuya de la secundaria. A la noche no me das ni bola, estás con la computadora todo el día. ¿Te la estás cogiendo también? Decime la verdad- lanzó en la habitación. Eran más o menos las 3 de la mañana y ni el gato dormía.

En realidad, hacía un tiempo que sospechaba que Juan Cruz había buscado y contactado a Celeste Murial, una piba del colegio devenida en enfermera a la que siempre le había tenido ganas, pero con la que nunca había sido correspondido. Con sus 34 años, casado, y después de 17 abriles de no saber noticias suyas, el Facebook le había permitido volver al pasado, volver a su adolescencia, a no sentir el paso del tiempo, a quebrar la rutina, a vibrar la adrenalina de saber que se estaba mandando una cagada. En fin, a ser infiel.


Después de varias semanas de enviarse fotos (actualizadas), de clickear “Me gusta” en cada uno de sus posteos, de chatear durante el día y de enviarle mensajes privados, se habían reencontrado en un restaurante y 50 minutos más tarde, así porque sí, terminaron la noche revolcándose en el Hedonism, uno de los telos del Acceso Oeste.


Juan Cruz se había sacado las ganas. Poco le importaba Viviana, aunque sabía que la línea era delgada. Al principio, la emoción Celeste la demostraba menos. Una relación más no le significaba enamorarse, y mucho menos de un hombre casado, pensaba. Pero a la vez lo disfrutaba: le excitaba saber que él la deseaba cuando era chica, cuando todo estaba mucho “más firme” que ahora.


Su relación con Juan Cruz prosperó. Es más, avanzó a pasos acelerados una vez que terminó su divorcio. Es que cuando estalló la situación, Viviana no pudo perdonarlo y prefirió la separación a toda una vida de “cornuda” consciente. Hoy ella vive sola en Castelar y consiguió un trabajo de administrativa en una multinacional del centro. Juan Cruz, por su parte, formalizó su noviazgo con Celeste pero viven separados.

 

Él sigue atendiendo la veterinaria de la calle Irigoyen, y días atrás me enteré que se abrió otro perfil, y que encaró a Ludmila Gonzales, conocida mía, otra compañera suya del secundario, promoción 1995 en Nuestra Señora del Luján, y la mejor amiga de Celeste.

 

12 de febrero de 2012