Travestis narcos

"Travas" narcos: un cóctel entre el placer y el delito

El periodista de GPS investigó la sórdida conexión entre las mercaderes de sexo andrógino y el negocio de la droga. Karina, alias "La Blanca" y una historia de marginalidad, miseria y delito.

- “Hola Karina,
- Alias Blanca, ¿no?
- ¿Tenés merca para vender?
- ¿Cuánto sale la bolsita?
- ¿Es más negocio vender droga que sexo?
- ¿La droga la tenés acá o te la traen?”

Antes de soltar las preguntas estuvimos tres días de guardia. A pocas cuadras de la avenida Córdoba y Scalabrini Ortiz, hicimos el aguante hasta encontrar a las travestis traficantes y desnudar un lugar simbólico de la cultura gay: el albergue Gondolín.

Coincido con el periodista español, Pepe Rodríguez cuando dice que si se rasca lo suficiente la superficie se puede encontrar un doble fondo. Por eso en la sinopsis de mi último libro sobre Periodismo de Investigación escribí: “el genuino trabajo periodístico se sustenta en la perspicacia y la desconfianza. El rol del periodista infiltrado que se sumerge en mundos disímiles (como la corrupción política, el abuso sexual y la prostitución ilegal, la venta de droga y las injusticias más extremas), puede ayudar a un mejor conocimiento de la sociedad (..) incluso con el uso de la cámara oculta como dispositivo único y polémico a la vez (símbolo de la vigilancia global y, a la vez, manifestación de la necesidad de justicia)”.
En el programa 70 20 10 de Chiche Gelblung y, también, en La Liga habían mostrado sólo una parte del Gondolín: aquella que da cuenta de este simbólico “seminario” de más de 50 travestis quienes, en su mayoría, llegan del interior creyendo en el destino de las calles de Buenos Aires. Por 200 pesos, más o menos, comparten habitaciones con camas cuchetas en un edificio pintado de azul y con muchos olores. Por allí pasaron, viven, se forman y desarrollan (en todo sentido) gran parte del mundo travesti nacional. Aprenden todos los códigos identitarios que los une: el consumo de hormonas femeninas, las siliconas, el sexo para sobrevivir en la jungla de cemento y, por qué no, los orgullos y envidias cuando, cada tanto, alguna de ellas llega a la fama.

Las más lindas van a la Zona Roja de Palermo, al costado del Lawn Tenis Club. Están superproducidas, con encajes y trapos caros. Además, compiten en la vidriera travesti más top de la Ciudad.

Las otras, las que quedan afuera, terminarán peleando por clientes clase baja en las sórdidas calles de Constitución, Flores o Liniers, en esquinas con dueño y el resto de la fauna del negocio sexual: prostitutas centroamericanas y fiolos de armas tomar.

“La otra noche me pelié (sic) con una que me cortó la silicona del pecho y casi me muero”, me había confesado una travesti en alguna otra entrevista. Hace unos días, en Constitución, una travesti colombiana decía que prefería volverse a su tierra de narcos y FARC que seguir allí: “estoy cansada de la policía, de los clientes que se abusan y de toda la violencia de aquí”. En Liniers y Flores vimos corridas, golpes, sexo a la fuerza y otras amenazas y abusos.

¿Qué lleva a una persona a someterse a una vida tan violenta?, pensaba yo en la noche mientras hacíamos guardia esperando a que Karina (la travesti traficante) saliera del Gondolín. Iban varias horas de frío y vigilia para reflexionar sobre que tal vez Karina se había transformado en vendedora de merca para poder pagar su adicción. Y que no salía de su pieza porque estaba fisurada después de un fin de semana largo. Es probable que esto mismo lo sepan los que le proveen la merca. Las travestis son un eslabón ideal para la venta de droga: están en la calle a la noche como parte de la escena, los consumidores lo saben y también los narcos que, si logran que se conviertan en adictas, proponen el cebo de venta a cambio de consumo personal.

En los últimos años recorriendo las calles y la noche de Buenos Aires observo con atención la mudanza de la venta de droga a los sectores de la llamada clase media (con el paco, por ejemplo) y del sexo de empleo de mujeres al creciente consumo de travestis entre las clases más altas. Las prostitutas se relegaron a lugares nocturnos y al mediodía de algunas esquinas que, a la noche, son copadas por travas: el mercado manda. Este aumento de demanda no es sólo cuantitativo. Hace un tiempo Sonia me afirmó con en ese tono de voz gutural y afeminado típico de sus colegas: “los tipos nos buscan porque les gusta la p.”. Para muestra sin hipocresías, muchas travestis de Palermo desfilan en la noche de los lagos y la luna llena con el pito al aire. Lo sacuden y exhiben cual trofeo entre sus manos trabajadas y los autos caros frenan para consumir. Hay que decirlo: no es sólo clase alta, también muchos taxistas paran y no bajan la bandera. Un submundo de consumo sexual que refleja y abre la discusión sobre las tendencias posmodernas de un nuevo imaginario social. Quizás, un ideario con forma de mujer fálica. Sin operaciones, las travestis son un síntoma de un tiempo que puede decirse andrógino. Confuso. Con huevos y siliconas en exhibición. ¿Puede ser?

Pensaba si es un síntoma de época y de repente mi compañero me dijo: “dale Hugo, ahí está Karina, salió del Gondolín y se metió en el supermercado”.
Salí rápido del auto, la esperé en la puerta y le dije:
- “Hola Karina,
- Alias Blanca, ¿no?
- ¿Tenés merca para vender?
Apenas pude girar la cabeza, cuando recibí un bolsazo. Me di cuenta de que Karina llevaba la bolsa como un arma. Giró el brazo al mejor estilo Van Dame y no logré esquivarla. Ella no estaba a la defensiva, sino preparada para la violencia. Tal vez la misma que habrá padecido desde que asumió su condición. Y que se acrecentó si es adicta: está muy flaca y sólo es una impresión. Lo probado en la cámara oculta es que vende merca.

Ese es el resultado de la investigación que muestra a ella y a Marisa (otra travesti) vendiendo cocaína. Cuando nos enteramos que esto pasaba en el Gondolín hicimos de lo siempre: ir a comprobarlo. Y una vez demostrado fuimos a pedir explicaciones. Y me ligué un bolsazo.
Como parte de la investigación hicimos la guardia. El movimiento era habitual: llegada la noche, las travestis empiezan a salir del Gondolín. A partir de ese momento también empiezan a caer clientes. Muchos entraban y salían muy rápido. No podemos confirmar que vengan a buscar droga, pero tampoco podemos descartarlo. A nuestro “topo” le dieron la droga adentro. Y eso es lo que se vio en GPS. La causa ahora está en la justicia. Aclaro que esto no tiene nada de sectorial. La venta capilar de droga no discrimina grupo social y el mito urbano que señalaba a travestis como vendedores de cocaína, no es una moda. Y menos un mito. Tal vez sea un síntoma de época. Pero es delito.
Periodista. Cronista del Programa GPS. Especial para 24CON