Daniel Angelote

“A Eduardo no le interesaba el sexo”

El novio de Bergara Leumann quedó casi en la indigencia luego del fallecimiento de su pareja. Reclama la herencia y revela su pasado íntimo junto al artista.

Por Gastón Rodríguez
gastonr@revista7dias.com

En el diminuto dos ambientes de Balvanera es difícil imaginar la convivencia con Victoria, Milonguita y Negrita. “Para ir a los programas de
televisión pido a cambio comida para gatos porque me las voy a traer acá. Eduardo quería que yo me hiciera cargo de sus tres hijitas”.
Daniel Angelone experimenta un estado permanente de incredulidad. El hombre con el que compartió 29 años de su vida le legó, además del cuidado de sus mascotas, sólo 250 dólares por mes a modo de salario post mortem. “Fue una sorpresa, pensé que los herederos íbamos a ser la gente que lo cuidó últimamente y que le dio una mano para continuar con su obra”
– ¿Siente rencor?
– Al principio no me importó pero ahora voy a reclamar todo lo que me correspondía. Nunca tuve un recibo de sueldo, una cobertura médica o un aporte jubilatorio. Mi terapeuta me dijo que debo reclamarlo por mi dignidad.
– ¿Por qué cree que no lo incluyó en el testamento?
– Por el tema de la homosexualidad. Para que no se supiera que yo fui su gran amor.
– ¿Y él fue el suyo?
– Sí, fue el gran amor de mi vida.
– ¿Volvería a hacer lo mismo?
– Con la condición de que me deje “La botica del Ángel” para que yo continúe su legado.
Amor platónico. Daniel se define como actor, bailarín de tango y caricaturista. Pero antes de ser empleado y amante a tiempo completo de “El Ángel”, fue un dúctil jugador de fútbol en su Córdoba natal. Hasta que una lesión truncó su carrera de ídolo y lo depositó en Buenos Aires para probar suerte con su otra vocación: el teatro.
– ¿Cómo conoció a Eduardo?
– Yo lo había visto en un programa de televisión disfrazado de Juan de Garay y me subyugó su personalidad. Al poco tiempo me lo crucé en la calle Florida y me hizo un par de caritas, me preguntó a dónde iba y me invitó a tomar un café.
– ¿Lo intentó seducir desde el primer momento?
–  Sí, cuando lo vi dije: “Esta es la mía”. Él también me dijo que yo le gustaba. Fue amor a primera vista. A los cuatro días me mude con él.
– ¿Cómo resultó la convivencia?
– Fantástica. Además de nuestra relación yo trabajaba para él. Me contrató como una especie de cadete que hacía los mandados. En ese momento viajó a París y mi amor era tan fuerte que lo primero que hice fue sacarme el pasaporte porque sabía que me iba a mandar a buscar. A la semana ya estaba en Francia.
– ¿Que fue lo más loco que hizo por amor?
– Una vez salimos de un boliche y un pibe me gritó: “¡Culeátelo al gordo! Fue tanta la indignación que lo fui a buscar y le dije: “Hace una hora estuve con tu viejo” y le metí un “trompadón” que lo volteé de una al suelo. El gordo se asustó y me dijo: “Nunca más hagas algo así que me comprometes”. Otra vez íbamos caminando por Champs-Élysées y él tenía puesto un tapado rojo de corderoy con forma de oso y la gente se paraba a mirarlo. Hasta que un narigón llamó a los amigos para burlarse y entonces lo enfrenté y le dije en español: “Esa nariz metétela por el o…”. Yo tenía que defender a mi hombre. 
– ¿Él era celoso?
– Sí, y muy absorbente. Nunca me dejaba solo. Hasta dormíamos en una cama de una plaza. Yo quedaba acribillado contra la pared pero era tanto el amor que éramos felices.
– ¿Y ese amor se traducía en pasión en la cama?
– No, a él directamente no le interesaba el sexo. Cuando lo conocí  me sorprendí porque esperaba encontrar a alguien fogoso y calentón, pero nada que ver. Creo que él también se enganchó conmigo porque lo único que me interesaba eran los mimos. Estábamos carentes de afecto y se dio más una relación de padre e hijo.
– ¿Le traía alguna incomodidad en la intimidad la contextura física de Eduardo?
– Nunca, porque no teníamos mucha actividad sexual, era más un amor platónico que otra cosa. Había  mimos, caricias, besos, pero tampoco tan apasionados. 
– ¿Y a él le molestaba?
– No tanto. Una vez lo acompañé a una cura por su problema de sobrepeso en Tramontana, uno de los centros de ski más importante de Europa, y justo era la época de Pascuas. Yo estaba pegado a él para controlarlo pero el domingo me descuidé y se me escapó. Cuando bajé al comedor lo vi de espalda en la primera mesa frente a un conejo de chocolate de medio metro al que le faltaba la cabeza. Le digo: “¿Que hacés hijo de p…?”. Y cuando se da vuelta tenía toda la boca llena de chocolate. ¡Se había mandado la cabeza entera del conejo! ¡Lo decapitó en un segundo!