¿El fin de la guerra?
por
Luis Rosales, para BAE
El príncipe Felipe, heredero de la Corona de España, y destacadas autoridades civiles y militares acompañaron a la familia de John Felipe Romero en el homenaje que recibió este soldado colombiano, muerto el pasado lunes en un atentado contra las tropas españolas desplegadas en Afganistán.
En este sentido, el diario El País publica un informe que indica que, a pesar de que los extranjeros sólo representan el 7% de los efectivos en las tropas españolas, el 46% de los muertos de esa fuerza en Afganistán no son españoles, y menores de 22 años.
Por otro lado, el primer soldado de las tropas estadounidenses que desertó de Irak (la tercera vez que lo quisieron mandar) era Camilo Mejía un chico de origen nicaragüense, que pasó preso un buen tiempo por desertor y que había declarado que se había unido al ejército sólo por temas de dinero.
Cifras y casos que demostrarían una verdad de la que todos sospechan: el hecho de que al frente de batalla siempre son enviados los soldados que representan a los sectores más desprotegidos de las sociedades por las que van a luchar.
Pero este problema no es nada nuevo ni privativo de los países centrales. Mucho se ha comentado sobre los batallones de pardos y morenos que pelearon en las guerras de la independencia latinoamericana, incluyendo las del Río de la Plata, así como la presencia de ex esclavos negros que masivamente combatieron a los indios en la llamada “Conquista al Desierto” del Presidente Roca. Tampoco hay que irse tan atrás en la historia, basta con censar a nuestras tropas en la Guerra de las Malvinas para descubrir que una enorme mayoría provenían de las provincias pobres del Norte. Eran relativamente pocos los combatientes porteños o bonaerenses. Pero en la otra trinchera y haciendo gala del habitual pragmatismo inglés, los Gurkas nepalíes simbolizaban una especie de mercenarios modernos bajo la bandera de la Reina.
Para entender este fenómeno no puede dejarse de lado el componente socio económico. El prestar servicios en el ejército, cuando se trata de una actividad remunerada y profesional, puede ser un buen salvoconducto para superar la pobreza o para conseguir la tan ansiada ciudadanía. Esto podría explicar tantos latinoamericanos en las Fuerzas Armadas de EEUU y España. En los otros casos, demostraría un cinismo brutal de los comandantes que utilizan como carne de cañón a los menos influyentes y más desprotegidos. De esta forma se garantizan menos repercusiones de los efectos colaterales no deseados de las guerras, un eufemismo para describir a los muertos y heridos en campaña.
Pero también este fenómeno permitiría vislumbrar una nueva tendencia, prácticamente irreversible al menos en el mundo occidental. Ya casi nadie quiere morir por la Patria. Esto ha motivado la imprescindible necesidad de profesionalizar los ejércitos en todas partes. Ninguna sociedad moderna y mucho menos sus líderes si son electos democráticamente, pueden iniciar una guerra sin que eso tenga importantes costos políticos que hasta le hagan arriesgar su propia carrera. Basta mirar los casos de Argelia y Vietnam y más recientemente de Irak y Afganistán. La tan temida imagen de los “body bags” en los que vuelven los muertos en combate se ha constituido paradójicamente en una especie de garantía para la paz mundial.
Pero tal vez haya una explicación mas esperanzadora y subyacente. Puede ser que la humanidad, poco a poco vaya tomando conciencia de sí misma como especie. Que tantos años de globalización irreversible vayan teniendo como contracara positiva que los hombres y mujeres de todo el mundo empiecen a sentir que no vale la pena morir por la bandera, que muchas veces no es otra cosa que hacerlo por algún interés político circunstancial. Que poco a poco se vaya extinguiendo nuestro espíritu guerrero y caníbal y que la guerra se transforme en una institución vetusta y repudiada como lo fue la esclavitud.
Tal vez llegue el tiempo en que John Lennon esté en lo cierto y podamos imaginar a toda la gente viviendo la vida en Paz...